Fuera de contrato

Capítulo 3: Gala

Felix no ha dicho mucho desde que le hice la propuesta. Apenas pagamos lo que habíamos elegido, salimos de la tienda y ahora estamos sentados en la cafetería.

¿Habré sido muy directa?

Me gusta hablar claro, sin dar vueltas, porque eso ahorra mucho tiempo, y todavía no me acostumbro a descubrir que algunas veces dejo a las personas sin palabras. Aunque, siendo sincera, tampoco esperaba que Felix se quedara tan callado. Lleva varios minutos observando su café con una concentración admirable y empiezo a sospechar que está considerando todas las maneras posibles de rechazarme sin que nuestra próxima reunión familiar resulte incómoda.

—Escucha —apoyo las manos en la mesa y me inclino un poco hacia él—, sé que esto es extraño y repentino, pero mi padre y su amante quieren sacarme lo que me dejó mi abuelo. Necesito casarme. Será algo temporario, luego podemos divorciarnos y seguir con nuestras vidas.

Enarca una ceja.

—¿Te quieres casar por dinero?

—No es por el dinero, ni por venganza, es porque no quiero que la casa de mi abuelo en las sierras cordobesas, en la cual tengo recuerdos felices, quede en manos de mi padre, quien seguramente la venderá o se la entregará a su hija amada —relamo los labios antes de continuar—. No me importa que el dinero sea donado a la caridad, prefiero eso antes que lo obtengan ellos, pero la casa sí importa. Allí pasé los mejores momentos de mi infancia y cada vez que pienso en mi abuelo lo primero que recuerdo es ese lugar. Tal vez suene absurdo, pero perderla sería sentir que lo pierdo a él una segunda vez.

Felix me observa en silencio y es extraño verlo tan serio porque él suele ser la persona más relajada de cualquier habitación. Siempre tiene una respuesta rápida, una sonrisa fácil o algún comentario que consigue alejar el aburrimiento. Por eso me desconcierta que ahora solo me mire, prestándome una atención que normalmente reserva para muy pocas cosas.

—¿Por qué pedírmelo a mí? Conoces mi reputación.

Asiento.

—No creo por completo lo que se dice de ti. Además, sé que no me traicionarías.

Sonríe de lado.

—¿Tan segura estás?

—Sí, no lo harías por mí, pero sí por nuestros padres. Quieres a mi madre como si fuera tuya y sabes que si me hicieras daño la decepcionarías.

La sonrisa se desvanece poco a poco y aparta la mirada hacia la gente que camina por el centro comercial. El cambio es sutil, pero me llama la atención porque Felix rara vez parece incómodo con una conversación y, por alguna razón, mencionar a mi madre parece haber tocado una fibra sensible.

—¿Y qué gano yo? No hago favores gratis.

La pregunta me resulta familiar. Ahí está el Felix que conozco, el que siempre necesita fingir que tiene una ventaja aunque ya haya tomado una decisión.

—¿Qué es lo que quieres?

—¿Cuánto tiempo duraría esta farsa?

—Unos meses, un año como máximo. No podemos divorciarnos apenas obtenga la herencia.

—¿Por qué aceptaría? No necesito dinero y me gusta la libertad. ¿Tendría que renunciar a otras mujeres o tú te ocuparías de atenderme? Tengo necesidades.

Contengo una sonrisa.

Claro, debí imaginar que la parte que más le preocuparía sería la de renunciar a su harén libertario. A veces me pregunto si las historias que circulan sobre él son exageradas, pero luego abre la boca y recuerdo que probablemente se quedan cortas.

—Puedes estar con quien quieras mientras seas discreto.

—¿Tú no eres opción?

Niego con la cabeza.

—Claro que no. No me voy a acostar contigo. Somos como hermanos.

Él ríe.

—¿No es ilegal casarse entre hermanos?

—Dije como hermanos.

—No te considero mi hermana, nunca lo hice. Tal vez si hubiéramos crecido juntos sí, pero yo tenía veinte años cuando mi padre y tu madre se casaron.

Me río.

—Lo sé. Me sucede lo mismo. Ni siquiera convivimos demasiado porque ambos estábamos en la universidad, por lo que es más fácil pedirte este favor. Puedes pedirme lo que quieras, mientras sea razonable... y legal.

—Qué poco espíritu aventurero.

—Soy una mujer de negocios, no una criminal.

—Todavía.

Sacudo la cabeza. Hay algo tranquilizador en escuchar sus tonterías. La versión seria de Felix me gusta bastante menos porque nunca sé qué está pensando y eso me pone nerviosa.

—¿Y si digo que no?

La pregunta no me sorprende. En realidad, llevo toda la conversación esperando escucharla.

—Tendré que buscar a alguien más y arriesgarme a que me chantajee o me traicione.

—¿Estarías dispuesta a eso?

Me encojo de hombros.

—No voy a perder la casa —repito para dejarlo claro—. Simplemente buscaré la forma de protegerme legalmente.

Él no dice nada y esa falta de respuesta me basta. No parece interesado en ayudarme; más bien parece estar evaluando la situación desde una distancia segura, lo cual es perfectamente razonable. Después de todo, este problema es mío, no suyo. Tal vez por eso me siento un poco avergonzada por haber llegado a creer que aceptaría tan fácilmente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.