Fuera de contrato

Capítulo 5: Gala

—Vaya, tu casa parece salida de una revista de decoración. Ni siquiera veo un hilo de tela de araña en alguna parte o un cuadro fuera de lugar.

Suspiro mientras le sirvo el refresco y tomo asiento a su lado en el sofá.

—Ya sabes cómo soy.

—Creo que deberíamos vivir en mi casa después de casarnos.

Enarco una ceja y giro el rostro hacia él.

—¿Por qué en tu casa?

—Porque ahí está mi estudio y me siento cómodo, aquí siento que todo está demasiado pulcro y me da miedo romper algo—ríe—. Yo trabajo desde mi casa y tú pasas mucho tiempo en la empresa, así que este arreglo tiene sentido. Te aseguro que mi casa es ordenada y limpia. Incluso tengo una planta viva, lo cual demuestra un nivel de responsabilidad que pocas personas alcanzan.

—¿Una planta?

—Sí. Sobrevive desde hace dos años. Considero que es una prueba de mi estabilidad emocional. Quería intentarlo con una mascota, pero no quise tentar a la suerte. La planta es menos demandante y no me sentiría culpable si me olvido de alimentarla.

Quiero discutir ese punto porque no me gusta que alguien decida algo sobre mi vida sin antes consultarme, pero esta vez sé que tiene razón y su comentario sobre la planta me causa gracia.

Si lo pienso bien, paso demasiadas horas fuera de casa y cuando estoy allí, apenas presto atención a los detalles. Mi agenda siempre está llena y mi cabeza suele estar en el siguiente problema que debo resolver.

—Conoceré tu casa primero y luego hablaremos.

Asiente antes de beber un poco de su refresco.

—De acuerdo. ¿Qué sigue?

—Nuestros padres harán preguntas y el abogado también. Tenemos que ponernos de acuerdo para decir cuándo comenzó la relación, por qué lo ocultamos y quién se declaró primero.

—Podemos decir que empezó hace seis meses, después de la fiesta de cumpleaños de mi padre, cuando nos declaramos mutuamente —sugiere—. No podemos decir que fue antes porque, si investigan demasiado, encontrarán a alguna mujer con la que estuve y no quiero quedar como alguien que te fue infiel o que salía con otra al mismo tiempo que contigo. Yo puedo ser muchas cosas, pero no infiel.

Lo miro con atención.

—¿No has estado con ninguna mujer en seis meses?

Se humedece los labios y levanta una ceja.

—¿Te sorprende?

—Sí.

Félix se lleva una mano al pecho fingiendo estar herido.

—Qué poca fe tienes en mí.

—Estoy hablando de seis meses, no de un milagro.

—Exacto. Seis meses.

—Una hazaña digna de estudio. —exclamo.

Una sonrisa pequeña aparece en su rostro.

—Aunque no lo creas, he estado ocupado con una serie de pinturas. He salido para distraerme, pero no demasiado. Soy así cuando estoy concentrado en algo.

Asiento, intentando no darle demasiadas vueltas, aunque siento curiosidad por sus pinturas. Si puede vivir bien de su arte, significa que debe ser realmente bueno. Nunca me tomé el tiempo de mirarlas y tampoco fui a su exposición hace un año porque estaba de viaje de negocios.

Mamá fue y dijo que Félix tenía talento, pero no presté demasiada atención a su comentario porque ella no entiende de arte.

Sacudo la cabeza, dejando ese pensamiento a un lado, pues hay asuntos importantes que atender.

—Bien, entonces salimos desde hace seis meses.

—Sí. Yo te llevé a casa después de que salimos de la casa de nuestros padres porque tu auto se rompió…

—Eso es verdad.

Ríe.

—Es mejor construir las mentiras a partir de hechos reales y no inventar todo desde cero.

—Me llevaste a mi casa…

—Estabas ebria y confesaste tus sentimientos.

Frunzo el ceño.

—¿Por qué debo ser yo la que estaba ebria y la que confiesa? Yo no me embriago. Mamá y David no creerán eso.

—Porque tú nunca te habrías confesado estando sobria. No puedo decir que yo era el ebrio porque habrías hecho como si no hubieras escuchado nada al día siguiente y guardado tus sentimientos para evitar complicaciones.

Frunzo el ceño.

—¿Tan seguro estás de conocerme?

Félix sonríe apenas, pero hay algo extraño en esa expresión.

—Más de lo que crees.

—No pasamos tanto tiempo juntos.

—No —se encoge de hombros—. Tú estabas demasiado ocupada trabajando para darte cuenta. Era difícil competir contra tus reuniones, tus informes y esa obsesión tuya por resolverlo todo.

Abro la boca para responder, pero termino cerrándola. Lo peor es que tiene razón.

Si, en una situación hipotética, él se confesara, probablemente yo intentaría fingir que no ocurrió. No porque no me importaran sus sentimientos, sino porque abrir esa puerta cambiaría demasiadas cosas y yo no soy alguien que actúe sin pensar en las consecuencias.




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