Fuera de contrato

Capítulo 9: Felix

Es extraño estar en la empresa de mi padre. Casi nunca vengo y, por lo mismo, la mayoría de las personas ni siquiera sabe quién soy.

La recepcionista levanta la vista cuando me acerco al mostrador. Me observa con atención durante unos segundos y enseguida me dedica una sonrisa profesional.

—Hola. ¿Puedo ayudarte en algo?

—Hola. Estoy buscando a Gala Palacios.

—¿Tienes cita con ella?

Enarco una ceja.

—¿Acaso necesito una cita para ver a mi futura esposa?

La sonrisa desaparece de su rostro y sus ojos se abren con evidente sorpresa.

—Ella no mencionó nada.

—Creo que todavía no termina de hacerse a la idea.

La mujer duda un instante antes de tomar el teléfono. Marca una extensión y espera hasta que le responden. Habla en voz baja, asiente un par de veces y, cuando cuelga, vuelve a mirarme.

—Su asistente me dijo que la señorita Palacios está reunida con su padre. Si gusta, puede esperar hasta que termine.

¿Su padre? Debe de referirse al hombre que la abandonó para formar otra familia. Si está aquí, no puede traer nada bueno.

—Voy a esperarla arriba.

Ella niega con educación.

—Lo siento, señor, pero no puedo permitirle el acceso sin autorización. Aunque usted diga que es su prometido, esa información no ha sido confirmada.

No puedo evitar sonreír.

—¿Sucede muy seguido que aparezcan hombres diciendo que son los prometidos de Gala?

La recepcionista deja escapar una risa breve.

—No, claro que no. Solo sigo las normas que estableció el señor Rossi.

—Vaya. Mi padre nunca me habló de esa regla. Tal vez debí prestarle más atención cuando intentaba interesarme por la empresa.

La mujer parpadea varias veces.

—¿Su padre?

Le sostengo la mirada mientras saco la billetera del bolsillo interior de la chaqueta. Extraigo mi licencia de conducir y se la acerco.

—Sí. Hugo Rossi es mi padre. Yo soy Félix Rossi. Puede comprobarlo.

Ella se pone de pie de inmediato. El color abandona su rostro y tarda unos segundos en reaccionar.

—Lo siento muchísimo, señor Rossi. No tenía idea de quién era usted. Ahora entiendo por qué me resultaba familiar.

Guardo nuevamente la licencia.

—Llame a Maite, la asistente de mi padre. Ella puede confirmar que soy quien digo.

La recepcionista asiente sin perder tiempo y vuelve a tomar el teléfono.

Mientras espero, observo el movimiento constante del edificio. Empleados que entran y salen de los ascensores, personas caminando de un lado a otro con carpetas en la mano, conversaciones apagadas y teléfonos sonando a la distancia. Siempre he mantenido cierta distancia con la empresa familiar. Nunca me interesó involucrarme en ella y mi padre jamás insistió demasiado. Sin embargo, si quiero moverme con libertad por aquí cada vez que venga a ver a Gala, tendré que dejar de ser un desconocido para todos.

Cinco minutos después, Maite aparece en el vestíbulo con una sonrisa amable.

—Félix, qué gusto verte.

—Hola, Maite.

La recepcionista se apresura a disculparse otra vez, pero le resto importancia con un gesto de la mano. No hizo más que cumplir con su trabajo.

Sigo a Maite hasta el ascensor.

—Tu padre no vino hoy —me comenta mientras presiona el botón del piso de la vicepresidencia.

—No te preocupes. Hoy vine a ver a Gala, no a él.

Ella sonríe con discreción.

—Entonces llegaste en un momento complicado. Sigue reunida, aunque puedes esperarla afuera de la oficina. Eva seguramente te ofrecerá un café.

—Con eso me basta. Gracias.

Cuando las puertas del ascensor se abren, tomamos direcciones distintas. Maite continúa hacia el despacho de mi padre y yo avanzo por el pasillo hasta la oficina de Gala.

Eva, su asistente, me recibe con una amabilidad que agradezco. Debe de llevar unos diez años más que yo y transmite esa tranquilidad propia de quien sabe manejar cualquier situación.

—Buenos días, Félix. Gala todavía está ocupada. Si quieres esperar, enseguida te traigo un café.

—Te lo agradecería.

Mientras ella se aleja hacia la pequeña cafetería de la oficina, observo la puerta cerrada del despacho de Gala. No tenía pensado interrumpir la reunión, pero al acercarme para anunciar mi llegada, las voces del otro lado llaman mi atención.

Me detengo de manera instintiva.

—Gala, ¿por qué complicas tanto las cosas? Solo entrégale el dinero a Angélica. Después te daremos la mitad y te ahorrarás todo el trabajo. En cuanto la cabaña pase a mi nombre, te la devolveré.

Reconozco de inmediato la voz masculina.




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