Fuera de contrato

Capítulo 13: Felix

—¿Por qué estás nervioso? No es una boda real.

Enarco una ceja.

—¿Te parece poca cosa casarse?

—Nos estamos casando porque nos conviene, no porque vayamos a jurarnos amor eterno. Hay una diferencia importante.

—El juez no hace esa distinción cuando firma el acta.

Ella deja escapar una risa.

—¿Te preocupa quedarte atrapado conmigo?

—No. Me preocupa equivocarme cuando tenga que firmar y terminar casado con el juez.

—Eso sería difícil.

—No subestimes mi capacidad para hacer el ridículo en momentos importantes.

Gala niega con la cabeza, divertida.

—Félix, ya repasamos esto veinte veces. Nos casamos, esperamos el tiempo acordado, resolvemos el asunto de la herencia y nos divorciamos. Es el plan desde el principio.

—Lo sé.

—Entonces deja de poner esa cara.

—¿Qué cara?

—La de alguien que va camino al infierno.

Resoplo.

—Es la misma cara que pongo cuando voy al dentista, me hacen un análisis de sangre o una mujer empieza una conversación con: "tenemos que hablar".

Ella vuelve a reír.

—Qué dramático eres.

—No soy dramático. Solo estoy entrando en un matrimonio legal delante de un juez, nuestros padres y cuatro testigos que probablemente recordarán este día el resto de sus vidas. No encuentro ningún motivo para sentir presión.

—Escucharte no ayuda a que te relajes.

—A mí tampoco.

Ella me observa unos segundos y la sonrisa se le suaviza.

—¿Qué es lo que realmente te pone nervioso?

No respondo enseguida.

No puedo decirle que hace tiempo dejé de ver este matrimonio como una simple estrategia para resolver su problema. Tampoco puedo admitir que, desde que acepté casarme con ella, no dejo de pensar que esta es la única oportunidad que tendré para acercarme un poco más y entender qué hacer con estos sentimientos que insisten en crecer cada vez que estamos juntos.

Si le dijera algo así, probablemente saldría huyendo antes de entrar al registro civil. Y sería un desastre espantar a la novia el mismo día de la boda, así que hago lo único que puedo hacer.

—Supongo que nuestros padres. Si descubren la verdad, nos desheredan antes de que termine la ceremonia.

Ella vuelve a reír y entrelaza sus dedos con los míos.

—No lo harán. Además, estamos juntos.

Bajo la vista hacia nuestras manos y sonrío sin darme cuenta.

Mis amigos dicen que Gala es una persona fría, distante y difícil. No les falta razón, pero solo conocen la parte que ella decide enseñar. Yo también la veo quedarse hasta tarde acompañando a su madre cuando no se siente bien, preocuparse por quienes forman parte de su vida y resolverles problemas sin hacer alarde de ello. Es reservada y le cuesta confiar, aunque cuando alguien consigue atravesar esa barrera descubre a una mujer mucho más cálida de lo que aparenta.

Entramos al registro civil, donde nuestros padres y algunos amigos ya nos esperan.

Papá está convencido de que me saqué la lotería al lograr casarme con Gala. Antes de salir de casa me repite que tuve suerte de conquistarla y me advierte que no arruine el matrimonio porque jamás encontraré una esposa mejor. Incluso asegura que ya la quiere como a una hija, independientemente de mí. No necesito que me lo explique; hace tiempo noto el cariño que le tiene.

Mis amigos tampoco creen que realmente vaya a casarme, así que están aquí más para comprobar que esto sucede de verdad que para acompañarme en el gran día.

La mejor amiga de Gala, cuyo nombre sigo sin recordar, conoce el acuerdo desde el principio, así que con ella no hace falta fingir.

El juez nos pide que nos acerquemos y avanzamos junto con los testigos. Escucho las formalidades, respondo cuando corresponde y firmo donde me indican sin pensar demasiado, hasta que finalmente el juez dirige la mirada hacia mí.

—¿Acepta usted por esposa a Gala Palacios?

La miro. Durante un instante todo lo demás desaparece. Sé que este matrimonio responde a un acuerdo y que algún día firmaremos el divorcio con la misma facilidad con la que hoy firmamos el acta, pero aun así la respuesta no me cuesta lo más mínimo.

—Acepto.

Gala sonríe y el juez gira hacia ella para formularle la misma pregunta, pero un estruendo interrumpe la ceremonia antes de que alcance a responder. Todos volvemos la cabeza hacia la entrada y el padre de Gala aparece en el registro civil con el rostro tenso, avanzando hacia nosotros sin detenerse.

—¡No pueden casarse! ¡Todo esto es una farsa para quedarse con la herencia!

Los invitados comienzan a murmurar y Gala intenta acercarse a él, pero la sujeto del brazo antes de que dé un segundo paso.

—No.




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