Me quedo estática mientras él me abraza con fuerza, tratando de comprender a qué se refiere con que no lo deje.
—Logan... —lo llamo.
Él afloja el abrazo de inmediato y da un paso atrás. En sus ojos alcanzo a distinguir algo parecido al miedo. Permanece unos segundos inmóvil, como si todavía estuviera atrapado en el sueño, hasta que finalmente reacciona y se pasa una mano por el cabello.
Entonces caigo en la cuenta de que está en pijama.
—Lo siento. Tuve una pesadilla donde tu padre te mataba... —Hace una pausa y baja la mirada—. Se sintió tan real.
Enarco una ceja.
—¿Viniste a las dos de la mañana porque soñaste que me mataban?
Asiente con una expresión que no parece avergonzada, sino confundida, como si él mismo no terminara de entender por qué reaccionó de esa manera.
Niego con la cabeza.
—¿Acaso crees en sueños con premoniciones?
—No. Yo... —vuelve a negar con la cabeza y retrocede otro paso—. Lo siento. Me voy.
Podría dejarlo ir. Sería lo más lógico. Sin embargo, antes de pensarlo demasiado, le tomo el brazo para detenerlo.
—No puedes irte así. Pasa y toma algo.
—Ve a dormir. No quise despertarte.
No puedo evitar sonreír.
—Felix, no estaba dormida; estaba leyendo. De lo contrario, no habría abierto la puerta tan rápido. —Suelto su brazo y abro un poco más la puerta—. Pasa. No te hagas de rogar. Pronto seremos esposos y viviremos juntos.
Duda apenas un instante antes de entrar. Le indico que se siente mientras voy a la cocina por una copa de vino.
Cuando regreso, continúa exactamente donde lo dejé, con la mirada perdida en algún punto de la sala. La imagen me desconcierta.
Félix suele ser despreocupado, el tipo de persona que encuentra la forma de bromear incluso en los peores momentos. Nunca lo había visto tan afectado por un simple sueño.
Cuando operaron a su padre del estómago, fue él quien se mantuvo tranquilo, quien tranquilizó a mi madre y a todos los demás. Comparado con eso, verlo así resulta completamente fuera de lugar.
Levanta la vista cuando me siento a su lado y acepta la copa de vino.
—No sé por qué me afectó tanto este sueño. Es la primera vez que sueño que matan a alguien cercano a mí.
—Fue solo un sueño.
—Sí. —Esboza una sonrisa sin demasiado entusiasmo—. Sería trágico decir que me dejaron viudo antes de casarme.
La imagen resulta tan absurda que termino riéndome.
—¿Mi padre me mataba?
Asiente.
—El día de la boda. Con un arma.
Vuelvo a arquear una ceja.
—Mi padre no se ensuciaría las manos. Si quisiera matarme, contrataría a alguien para hacerlo y se aseguraría de que pareciera un accidente. No le importa demasiado su reputación, pero tampoco sería tan estúpido como para arriesgarse a terminar en prisión.
Él deja escapar una risa breve.
—Lo sé. Por eso sigo diciendo que no entiendo qué me pasó.
Lo observo un momento antes de negar con la cabeza.
—Veo que te has tomado muy en serio el papel de mi prometido.
Bebe un sorbo de vino y, esta vez sí, sonríe con más naturalidad.
—Cuando hago algo, lo hago bien. Para hacer las cosas a medias, prefiero no hacer nada—levanta la copa a modo de brindis—. Era mi lema favorito. Casi me lo tatué.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Porque me dan miedo las agujas y no pensaba arriesgarme a arrepentirme cuando dejara de creer en él.
La carcajada se me escapa antes de poder contenerla. Me pongo de pie y tomo mi copa.
—Bueno, ya comprobaste que sigo viva, así que creo que los dos deberíamos irnos a dormir.
—¿Juntos?
Me detengo en seco y vuelvo la cabeza hacia él.
Durante un segundo mantiene el rostro completamente serio. Después rompe a reír mientras también se pone de pie.
—Felix...
—Las bromas no te gustan. ¿Verdad?
Entorno los ojos, aunque la sonrisa termina traicionándome.
—Depende.
Él espera una explicación que no pienso darle. Se queda de pie frente a mí, con una mano sosteniendo la copa de vino y la otra hundida en el bolsillo del pantalón del pijama. Es extraño verlo así, lejos del traje impecable y la actitud relajada con la que suele recorrer el mundo. El cabello despeinado y la camiseta gris le dan un aspecto mucho más joven... y peligrosamente atractivo.
Aparto la vista antes de que note cuánto me he detenido a observarlo.
—No me mires así —murmuro, más por instinto que por otra cosa.
—¿Así cómo?
Levanto la vista y descubro que sigue sonriendo, pero no con esa sonrisa burlona que utiliza para desesperarme. Esta es distinta, tranquila y curiosa. Como si estuviera esperando descubrir algo.