Llevábamos media hora de viaje en el auto y, en cuanto divisé a lo lejos los imponentes portones de hierro de la mansión, una opresión conocida se me instaló en el pecho. Solo podía pensar en mi padre. En cómo actuar, qué decir o qué callar para no hacerlo enojar, porque sabía perfectamente que sus arranques terminaban hiriendo a mi madre, y eso era lo último que quería.
Cuando el chofer detuvo el auto frente a la entrada principal, lo vi. Estaba allí de pie, impecable, al lado del mayordomo principal. Bajé del vehículo tragándome la tensión y caminé hacia él para saludarlo.
—Hola, padre.
—Hijo —avanzó hacia mí y me estrechó en un abrazo rígido— No sabes cuánto te he extrañado
Le correspondí el gesto a sabiendas de que aquello no era más que el protocolo obligatorio; la fachada perfecta antes de entrar a la dichosa cena donde, estaba seguro, comenzarían los reproches. No entendía por qué no podía dejarme vivir en paz. Él ya había construido su propia vida. Yo solo merecía la oportunidad de exponer mi arte, de ser quien realmente era.
—¿Sabes, hijo? He despejado mi agenda de mañana para que pasemos la tarde en el campo de golf, tal y como lo hacíamos antes. ¿No te parece una excelente idea? —me dijo, mientras le ordenaba con la mirada al servicio que llevaran mi mochila a mi antigua habitación. Sí, no me juzguen, viajé con lo mínimo; nunca he sentido la necesidad absurda de cambiarme de ropa cada cinco minutos como el resto de mi familia.
—Sí, me parece bien —respondí, forzando una sonrisa sin mucho ánimo.
Minutos después, me encontraba sentado a la mesa del imponente comedor, con el estómago cerrado y listo para el golpe que sabía que venía. El tintineo de los cubiertos sobre la porcelana carísima se sentía como una cuenta regresiva.
—Mateo —comenzó mi padre, limpiándose las comisuras de los labios con la servilleta de lino—¿Qué has pensado sobre lo que hablamos la última vez?
Dejé mi copa sobre la mesa, mirándolo fijamente.
—Padre, no voy a dejar mi carrera. Es lo que me gusta.
—Mateo, tienes veintiún años —suspiró él, usando ese tono de superioridad que tanto odiaba—Entiendo que esto del arte te haga sentir vivo, pero debes madurar y comprender que es solo un pasatiempo. No puedes pretender dedicarte a eso el resto de tu vida.
—Papá, siempre me ha gustado el arte. Pintar con óleos y, sobre todo, la poesía. Y sí, quiero dedicarme a eso —puntualicé, sosteniéndole la mirada.
—Debes dejar de ser tan terco. Eres un privilegiado, Mateo —reprochó, dejando caer los cubiertos con un eco seco en el salón— Estudias en la mejor academia de artes de toda Inglaterra. Te otorgué el capricho de entrar allí para que mantuvieras tu hobby, no para que mi hijo mayor decida que va a vivir de la caridad—
—Yo nunca te pedí que movieras tus hilos ni tus influencias para meterme ahí —solté, sintiendo cómo la sangre se me calentaba— Pude haberme ganado ese maldito lugar yo solo—
—¿Ah, sí? ¡Por favor! Tenemos los recursos suficientes para que estudies cualquier profesión respetable en el mundo, ¿y decides desperdiciarlos en artes? El óleo no se come, Mateo. Ya te veré en unos años, cuando nadie te contrate y no seas capaz de montar ni una sola exposición por tu cuenta—
—Tal vez podría concentrarme en lograrlo si no me arrastraras a cada reunión familiar o a cada junta de la empresa cada vez que pongo un pie en Londres —contraataqué.
—Te mantengo al tanto de la empresa porque es nuestro patrimonio. Es lo que te va a dar de comer. Debes estar ahí porque eres mi hijo—
—¡Si hubiera nacido pobre, por lo menos estudiaría y viviría bajo mis propios términos! —exclamé, perdiendo los papeles por un segundo.
Mi padre soltó una risa amarga, fría, que me caló los huesos.
—Si hubieras nacido pobre, muchacho, no tendrías ni la mitad de las oportunidades que hoy desprecias—
Apreté los puños debajo de la mesa, sintiendo una punzada de impotencia en la garganta.
—Odio que siempre me eches en cara que no lograré nada. Ni siquiera te has tomado la molestia de preguntarme qué tal pinto, o si soy bueno plasmando sentimientos en mis rimas. Jamás has mirado uno de mis lienzos—
—Soy tu padre y quiero lo mejor para ti —sentenció, dándole un golpe firme a la mesa— Y si el mundo me dice que mi hijo va a ser un desempleado toda su vida por culpa de una carrera que no brinda ningún futuro, entonces prefiero ser el peor padre del mundo. Puedes odiarme todo lo que quieras, Mateo—
No me atreví a responderle. Clavé la mirada en mi plato vacío, tragándome la rabia y el orgullo. No tenía caso seguir peleando; él jamás me entendería.
Después de la desastrosa cena que tuve con mi familia en la que mi madre y mi hermana solo bajaron la mirada o se concentraron rígidamente en comer el silencio de la casa se volvió insoportable. No me malinterpreten, no es que pretendiera que saltaran a defenderme y armaran una guerra, pero por lo menos esperaba un destello de interés, un gesto, o que expresaran su propio punto de vista. Pero nadie dijo nada.
Subí a mi antigua habitación y me recosté en la cama, clavando la vista en el techo y luego en los viejos pósters que había dejado colgados hacía dos años, justo antes de mudarme a Londres al ser aceptado en The Westminster, la academia de artes más prestigiosa de toda Inglaterra. Al quedarme solo con mis pensamientos, me sentí como un completo idiota. Le había gritado a mi padre que yo solo hubiera podido ganar mi lugar allí, cuando la cruda realidad era otra. Yo sabía perfectamente que no. Con las calificaciones que arrastraba desde la secundaria, jamás habrían mirado mi postulación; me gradué por puro milagro divino gracias a que fui un vago de primera que no entregaba un solo trabajo a tiempo. En el fondo, agradecía que mi padre hubiera movido sus influencias para meterme en el único lugar donde era feliz, pero eso no le daba el derecho de echarlo en cara cada vez que quería recordarme mi deuda con él.