Fuera de foco: a través del lienzo

CAPITULO 4: MATEO

Pasados los dos días con mi familia, Frederick y yo nos comunicamos por la mañana. Nos despedimos rápido, sabiendo que viajaríamos esa misma tarde de regreso a Londres y que nuestro punto de reunión serían las oficinas principales de la corporación. Mientras empacaba, ya me imaginaba lo tedioso que sería el proceso: la toma de fotos, los reflectores y la obligación de sonreír ante la cámara como si aquello fuera lo más divertido del mundo entero.

​Abordamos el avión y, como era de esperarse con mis padres, los asientos eran en primera clase. Rara vez elegía yo mismo esos lugares; siempre he preferido la clase turista, donde nadie te mira con pretensión, pero con ellos no había espacio para la discusión.

​En cuanto aterrizamos en Londres, tomamos un taxi directo al cuartel general de Lexington . Allí nos quedamos a esperar a Frederick y a su padre para la reunión inicial. Por suerte, la tortura de la sesión fotográfica se pospuso para el día siguiente a las ocho de la mañana, aunque nos dejaron una advertencia muy clara: prohibido llegar tarde.

​En cuanto Frederick y yo logramos escabullirnos de los adultos y salir del edificio, él no paró de quejarse en todo el trayecto, asegurando que su hermano Edwin se estaba volviendo diez veces más fastidioso y autoritario que mi propio padre. Yo simplemente lo escuchaba en silencio, con la mirada perdida en las calles de la ciudad a través de la ventana del auto.

​Al llegar a nuestro edificio, cada quien se dirigió a su espacio. Vivíamos puerta con puerta, uno al lado del otro. Al principio de la universidad habíamos intentado compartir departamento, pero mi querido amigo tiene la ligera costumbre de traer chicas cada vez que sale de fiesta. El experimento social terminó el día en que una de sus invitadas tropezó y me arruinó por completo un lienzo importantísimo en el que llevaba semanas trabajando. Esa misma semana empaqué mis cosas y busqué el departamento de al lado; prefería mil veces la soledad, o al menos la certeza de que nadie tocaría las cosas que me pertenecían.

A la mañana siguiente me desperté sintiéndome terriblemente cansado. Sin embargo, la sola idea de faltar a la sesión de fotos y tener que soportar los reproches de mi padre por el resto de mi miserable existencia fue suficiente combustible para obligarme a salir de la cama. Sin pizca de ánimo, me vestí con el traje que me habían impuesto y salí al pasillo a esperar frente a la puerta del departamento de al lado.

Faltaba un cuarto para las ocho de la mañana y mi querido amigo ni siquiera daba señales de vida. Impaciente, comencé a golpear la madera. Toqué más de veinte veces, con insistencia devota, hasta que por fin la cerradura giró y la puerta se abrió un par de centímetros.

—Oh… —Frederick soltó un bostezo monumental, rascándose la cabeza despeinada y mirándome con los ojos a medio abrir—¿Qué hora es?—

—La hora en la que te parto la cara si no te vistes y nos vamos ya —sentencié, cruzándome de brazos y fulminándolo con la mirada.

—Ay, pero qué genio el tuyo, de verdad… —se quejó, dándose la vuelta para dejarme pasar.

—¡Cállate y ve a vestirte! —le espeté, entrando detrás de él— Vamos a llegar tarde y nos van a colgar de la torre más alta de Londres si no nos presentamos en ese estudio a las ocho en punto—

Salimos corriendo de la torre de departamentos como si nos estuviera persiguiendo el mismísimo diablo. En nuestro intento desesperado por esquivar el infame tráfico de Londres a pie, casi logramos que nos atropellaran unas cinco veces, pero sin duda fue la única alternativa rápida que nos quedaba.

—Joder… —consiguió decir Frederick en cuanto nos detuvimos, apoyando las manos en las rodillas mientras recuperaba el aliento—Hubiéramos pedido un taxi, Mateo—

—No había tiempo —respondí, intentando normalizar mi propia respiración.

—Estoy sudando como un burro —se quejó, enderezándose.

—Por lo menos no nos van a matar.

—No, te voy a matar yo a ti por hacer que mi hermoso cabello se despeinara.

Cuando empujamos las puertas de cristal de la oficina, el reloj marcaba las ocho y media de la mañana. Entramos con la poca dignidad que nos quedaba.

—Perdón por llegar tarde. Ya estamos aquí —anuncié, ganándome de inmediato una mirada cargada de absoluta desaprobación por parte de mi padre.

—¿Dónde estaban? —preguntó, usando ese tono frío que helaba la habitación.

—No me sonó la alarma, perdón, don Carlos —intervino Frederick, asumiendo la culpa con una sonrisa ensayada.

—Como sea. Vayan a cambiarse de ropa, parecen un par de vagabundos y no muchachos de su posición.

—A la orden —respondió mi amigo de lo más normal.

Para mi absoluto horror, Frederick no tuvo mejor idea que empezar a desabrocharse los botones allí mismo, quitándose la camisa frente a todo el mundo dispuesto a cambiarse en medio de la recepción.

—¿Qué te pasa, animal? —le di un manotazo, deteniéndolo en seco— Hay mujeres presentes. Vamos al baño a cambiarnos.—

—¡Oh! —Frederick miró a su alrededor, cayendo en cuenta de las secretarias y asistentes que lo observaban con una mezcla de diversión y sorpresa— Cierto. Perdón—

En cuanto terminamos de cambiarnos, nos dirigimos de inmediato al estudio fotográfico que habían montado en una de las plantas superiores. Al cruzar la puerta, nos topamos con un hombre alto, extremadamente delgado y vestido con una ropa tan extravagante que hacía que nuestros trajes de la corporación parecieran uniformes de funeral. Nos clavó una mirada cargada de puro veneno.

​—¡Carajo! Llevo más de una hora esperándolos —bramó, cruzándose de brazos y mirándonos enojadísimo.

​—Lo lamento, nosotros... —intenté explicar, pero me interrumpió con un bufido.

​—Los chicos guapos como ustedes siempre tienen excusas —hizo un gesto despectivo con la mano, espantando mis palabras en el aire mientras nos señalaba el fondo del set— Pónganse en posición de una vez. Tenía una cita de manicura que tuve que cancelar por su culpa—



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Editado: 15.09.2026

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