Fuera de foco: a través del lienzo

CAPITULO 5: MATEO

​—Son los niños ricos más falsos que he visto en toda mi vida —sentenció, apartándose de la lente con una mueca de absoluto desprecio—Mi novio posa muchísimo mejor que ustedes, y eso que su único trabajo fue para la foto de una maldita caja de pizzas de vecindario —puntualizó, cruzándose de brazos.

​—Nosotros no estamos familiarizados con este tipo de cosas —intenté justificar, acomodándome el cuello del saco que ya empezaba a asfixiarme.

​—¿Que no están familiarizados? —soltó una carcajada dramática, digna de una diva de la ópera— Cariño, eres el hijo de uno de los hombres más poderosos de toda Inglaterra, ¿y pretendes que me crea que nunca antes habías visto una cámara? ¡Por favor!—

​—Yo simplemente digo que... —Traté de defenderme, pero no me dejó ni terminar la frase.

​—¡Cállate, niño! Solo posa bien, que tu absoluta falta de... clase frente a mi lente ya me está fastidiando las pestañas.

​Y con la misma energía caótica, continuó bombardeándonos con nuevas y más ridículas instrucciones. Llevábamos ya más de dos horas metidos en ese maldito set, cegados por los flashes, y seguíamos sin lograr una sola fotografía que cumpliera con sus altísimos estándares.

​Aprovechando un breve segundo en el que el fotógrafo se distrajo gritándole a su asistente para que enfocará mejor la luz, Frederick se inclinó hacia mí. Tenía la corbata ligeramente torcida y una expresión de puro sufrimiento.

​—Mateo —me susurró al oído con voz temblorosa—como esto siga un poco más, juro que me voy a volver completamente loco—

—¿Y tú crees que yo no?—lo mire con sufrimiento —estoy a punto de tirarlo de cabeza por la ventana

Treinta minutos después con Frederick y yo sudando como si estuviéramos en el desierto, porque si aunque no lo crean estos trajes asfixian, el camarógrafo soltó la cámara.

—¡Ay, no, no, no, qué asco! —exclamó el fotógrafo, tirando los brazos al aire como si estuviera presenciando una tragedia nacional— ¡¡Rosario!!

Una chica joven y notablemente estresada apareció corriendo desde los camerinos.

—¿Sí, señor?

—¡Tráeme otra agua de manzanilla, rápido! Estos niños me están volviendo loco, me va a dar algo en el miocardio —dramatizó, abanicándose con la mano.

La asistente asintió con la cabeza un centenar de veces y se retiró a toda prisa a conseguir la infusión. El hombre se giró de nuevo hacia nosotros, recorriéndonos con una mirada de absoluta resignación.

—Bien… Al parecer ustedes simplemente no sirven para estas campañas.

Sentí un chispazo de orgullo herido en el pecho y, sin poder contenerme, le sostuve la mirada.

—Somos pintores, no modelos —solté a la defensiva.

—¡Ay, querido, por favor! —soltó una risa irónica, acomodándose las gafas—Un pintor, un verdadero artista, transmite emociones. No luce tan absurdamente falso como ustedes dos. De verdad, me están produciendo úlceras con esos rostros acartonados—

Después de una tortuosa hora más de parpadeos forzados, correcciones de postura y reclamos dramáticos, el fotógrafo dio un aplauso seco en el aire y apagó los reflectores. Por fin, el martirio había terminado.

​A la mañana siguiente, el sol se filtró por la ventana y lo primero que vi al descorrer las persianas fue un enorme cartel publicitario justo frente a mi edificio. Ahí estaba, con letras capitales anunciando que «El futuro es hoy», junto a mi jeta y la de Frederick, ambos posando con una sonrisa que no recordaba haber ensayado.

​—Qué gran manera de despertar —me dije a mí mismo, dejando caer las cortinas con violencia. Aquello me pegaba directamente en el ego. Por lo menos, después de ayer, podíamos decir que habíamos sobrevivido a un fotógrafo que nos dijo que teníamos menos carisma que una caja de pizza.

​Pasé la mayor parte de la mañana encerrado en mi estudio, dedicándome de lleno a bocetar ideas para mi próxima colección. Me sentía en mi elemento, hasta que unos golpes rítmicos y constantes en la puerta de entrada interrumpieron mi concentración. Abrí con desgana, encontrándome a Frederick recargado contra el marco.

​—¿Umm? —solté, sin muchas ganas de socializar.

​—¿Cómo que "umm"? —reprochó, entrando sin invitación— Estamos de vacaciones, Mateo, y llevas tres días encerrado aquí como un maldito ermitaño—

​—¿Y a qué quieres que salga? ¿A que me reconozcan en cada esquina gracias al cartel de ahí afuera?—

​—A pasear por las bellas calles de Londres, a beber algo, ¡a hacer algo que no sea pasar el día entero con el olor a trementina y pintura!

​—No me interesa, Frederick. Estoy trabajando en una nueva idea.

​—Pues yo te invito a almorzar y no acepto un no por respuesta —sentenció, cruzándose de brazos—La chica con la que iba a salir me canceló a último minuto y, bueno, ya que eres lo más parecido a una vida social que tengo...

​—¿Ja? ¿Ahora soy tu plan de emergencia? ¿Tu suplente?

​—Exacto. Aunque, pensándolo bien, si fueras mujer, serías realmente fea —se rió, dándome un empujón en el hombro.

​—Cállate, idiota —le respondí, soltando una carcajada—Soy tres mil veces más guapo que tú, y eso es un hecho universal.

​—¿Ah, sí? ¿Y quién lo dice, según tú?

​—Las redes sociales que tanto admiras, Frederick. Según los rankings de la temporada, soy el "soltero más codiciado" y también lo dicen las revistas que Lee mi madre. Así que, con tu permiso, cállate y muévete.

​Caminamos poco más de cinco cuadras mientras Frederick me arrastraba prácticamente a la fuerza por las calles de Londres.

​—¿A dónde carajos me llevas? —le pregunté, subiéndome el cuello del abrigo.

​—Pues, ya que no quieres que nos reconozcan, te llevaré a un pequeño restaurante. No es nada famoso, pero la comida es increíble. Ahí es donde traigo a las chicas cuando quiero que piensen que soy un tipo común y corriente.

​—Vaya, eres todo un romántico, Don Juan —ironicé.

​—Cállate. Sabes perfectamente que, en el fondo, siempre he querido encontrar a alguien que me quiera por lo que soy, sin importarle si tengo o no dinero.



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En el texto hay: #amor, #arte, #odio-amor

Editado: 15.09.2026

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