—¿Sabes qué? Ya casi es Navidad —soltó Frederick de la nada, mirando las vitrinas decoradas de las tiendas exclusivas por las que pasábamos.
—Falta todavía un mes —le respondí, metiendo las manos en los bolsillos, intentando sacar la rabia del restaurante de mi sistema.
—Sí, es cierto, pero eso no quiere decir que no esté pensando desde ya en qué voy a regalar para la cena de Acción de Gracias.
—¿Ah, sí? —lo miré de reojo, divertido—¿No eras tú el que siempre escogía un regalo corriente de última hora en cualquier tienda del aeropuerto?
—Sí, bueno... Pero este año de verdad me voy a esforzar con sus regalos. Ya lo verás.
—Sí, claro —comenté con total escepticismo.
—Es en serio. ¿Y tú qué me vas a regalar a mí? —se giró hacia mí, con una sonrisa de complicidad—Tal vez podrías considerar regalarme un yate. Un descapotable para el agua no me vendría nada mal.
—Ni loco te voy a regalar un yate.
—¿Por qué no? Qué tacaño eres, Mateo.
—Primero: porque ni siquiera sabes nadar. Segundo: sería gastar una fortuna en algo que casi nunca vas a usar. Y tercero: porque estoy seguro de que tu regalo para mí este año será algo todavía peor que el del año pasado.
—¡Ey! Mi regalo del año pasado fue muy bonito —se defendió, indignado, cruzándose de brazos.
—¿Bromeas? —lo miré como si hubiera perdido la cabeza.
—¿Qué tenía de malo un gato árabe? ¡Era de raza pura!
—¡Que soy alérgico y sumamente irresponsable, Frederick! —exclamé, soltando una carcajada de pura incredulidad—A duras penas puedo mantener el orden en mi propio estudio y cuidar de mí mismo, ¿y pretendías que criara a un felino del desierto?—
Parecía que hubiera sido ayer el día en que tuvimos esa conversación frente a la estantería de mi departamento. Sin embargo, las semanas habían pasado volando y, en estos momentos, me encontraba frente al espejo dándole los últimos toques a mi ropa. Nos arreglábamos para ir a la cena de Acción de Gracias; esa festividad en la que, por mandato familiar, debíamos dar gracias por las bendiciones recibidas y recordar el porqué estábamos agradecidos con lo que la vida nos había otorgado. Faltaba muy poco para volver a la universidad, menos de veinte días, y por suerte ya tenía todos mis bocetos e ideas de pinturas completamente listos. Sería mi quinto semestre en la facultad; sabía que aún me restaban otros seis para terminar, pero ver el avance me daba cierta tranquilidad. Algo era algo.
Salí al vestíbulo y me encontré con Frederick justo a las afueras del edificio.
—Siempre tarde —le reclamé, revisando la hora en mi reloj.
—Ey, hermano, sabes perfectamente que me tomo mi tiempo —se defendió, acomodándose con dedos expertos el cabello rubio que llevaba perfectamente peinado.
—Pareces mi hermana —rodé los ojos, echando a caminar hacia la acera.
—Jajaja, gran comparación —sonrió con suficiencia— ¿Pero qué te puedo decir? Me encanta verme bien.
—Sí, como sea —respondí, cortando su momento de vanidad.
En ese instante, el imponente auto negro de mi padre se detuvo frente a nosotros. El chofer bajó de inmediato a abrirnos la portezuela y nos subimos al cálido interior. Nos esperaba un trayecto de casi veinte minutos en coche. Me dediqué a mirar a través de la ventana las calles iluminadas, observando a la gente correr de un lado a otro en un intento desesperado por conseguir regalos y preparativos de última hora.
—Espero que tu regalo de este año sea verdaderamente bueno, Frederick —comenté, rompiendo el silencio del viaje.
—Ey, no te quejes, que tú tendrías que regalarme a la mismísima Reina de Inglaterra como para estar reclamándome de esa forma —se mofó él, acomodándose en el asiento de piel— Además, al igual que tú, envié los siete regalos directamente a la residencia de tu padre aquí en Londres, así que ya deben estar esperándonos allá—
—Sí... Solo espero que mi padre le haya advertido a mi madre que no husmeara en nuestros paquetes antes de tiempo —suspiré, cruzándome de brazos—Por cierto, ¿irá tu hermano Edwin?—
—Obviamente —Frederick hizo una mueca de resignación—Por eso también le compré un regalo a él. Deséame suerte para que no lo critique—
Cuando llegamos a la residencia de mi padre en Londres, nos recibió la imponente fachada de una casa blanca, resguardada por un portón inmenso y una densa vegetación que impedía la vista de los curiosos hacia el interior. Esta propiedad había sido un capricho de mi madre; detestaba los hoteles y prefería tener un hogar propio en cada ciudad. Debido a los negocios de mi padre, ella siempre viajaba con él, instalándose en las diferentes residencias que poseían cerca de las sedes internacionales de la corporación.
En cuanto cruzamos el umbral, el inmenso espíritu navideño de mi madre me chocó directamente en la cara. El vestíbulo estaba inundado de figuras de Santa Claus, guirnaldas rojas y verdes, y un gigantesco árbol de Navidad perfectamente iluminado. Era su época favorita del año, y parecía que ella y mi hermana se habían esmerado tanto como siempre en hacer que todo luciera verdaderamente maravilloso.
—¡Hijo! —me llamó mi madre, avanzando hacia mí con la elegancia que la caracterizaba, vistiendo un impecable traje sastre blanco de pantalón y chaqueta—Me alegra muchísimo que estén aquí.
Se giró con una sonrisa y saludó a Frederick con el mismo afecto. Pasamos al salón principal y nos fundimos en la habitual ronda de saludos y abrazos con todos los presentes: mi padre, mi hermana, Edwin, y los señores Vance, Ernesto y Amelia. Tras ponernos al día brevemente, nos dirigimos al gran comedor, donde los meseros comenzaron a servir el pavo.
La madre de Frederick alzó su copa de cristal, dando inicio formal a la velada.
—Brindemos por las muchas bendiciones que tenemos —anunció Amelia— Salud por los que estamos hoy aquí, por los que ya no están, y salud por las personas que están por venir—