Fuera de foco: a través del lienzo

CAPITULO 6: MATEO

​—¿Sabes qué? Ya casi es Navidad —soltó Frederick de la nada, mirando las vitrinas decoradas de las tiendas exclusivas por las que pasábamos.

​—Falta todavía un mes —le respondí, metiendo las manos en los bolsillos, intentando sacar la rabia del restaurante de mi sistema.

​—Sí, es cierto, pero eso no quiere decir que no esté pensando desde ya en qué voy a regalar para la cena de Acción de Gracias.

​—¿Ah, sí? —lo miré de reojo, divertido—¿No eras tú el que siempre escogía un regalo corriente de última hora en cualquier tienda del aeropuerto?

​—Sí, bueno... Pero este año de verdad me voy a esforzar con sus regalos. Ya lo verás.

​—Sí, claro —comenté con total escepticismo.

​—Es en serio. ¿Y tú qué me vas a regalar a mí? —se giró hacia mí, con una sonrisa de complicidad—Tal vez podrías considerar regalarme un yate. Un descapotable para el agua no me vendría nada mal.

​—Ni loco te voy a regalar un yate.

​—¿Por qué no? Qué tacaño eres, Mateo.

​—Primero: porque ni siquiera sabes nadar. Segundo: sería gastar una fortuna en algo que casi nunca vas a usar. Y tercero: porque estoy seguro de que tu regalo para mí este año será algo todavía peor que el del año pasado.

​—¡Ey! Mi regalo del año pasado fue muy bonito —se defendió, indignado, cruzándose de brazos.

​—¿Bromeas? —lo miré como si hubiera perdido la cabeza.

​—¿Qué tenía de malo un gato árabe? ¡Era de raza pura!

​—¡Que soy alérgico y sumamente irresponsable, Frederick! —exclamé, soltando una carcajada de pura incredulidad—A duras penas puedo mantener el orden en mi propio estudio y cuidar de mí mismo, ¿y pretendías que criara a un felino del desierto?—

Parecía que hubiera sido ayer el día en que tuvimos esa conversación frente a la estantería de mi departamento. Sin embargo, las semanas habían pasado volando y, en estos momentos, me encontraba frente al espejo dándole los últimos toques a mi ropa. Nos arreglábamos para ir a la cena de Acción de Gracias; esa festividad en la que, por mandato familiar, debíamos dar gracias por las bendiciones recibidas y recordar el porqué estábamos agradecidos con lo que la vida nos había otorgado. Faltaba muy poco para volver a la universidad, menos de veinte días, y por suerte ya tenía todos mis bocetos e ideas de pinturas completamente listos. Sería mi quinto semestre en la facultad; sabía que aún me restaban otros seis para terminar, pero ver el avance me daba cierta tranquilidad. Algo era algo.

​Salí al vestíbulo y me encontré con Frederick justo a las afueras del edificio.

​—Siempre tarde —le reclamé, revisando la hora en mi reloj.

​—Ey, hermano, sabes perfectamente que me tomo mi tiempo —se defendió, acomodándose con dedos expertos el cabello rubio que llevaba perfectamente peinado.

​—Pareces mi hermana —rodé los ojos, echando a caminar hacia la acera.

​—Jajaja, gran comparación —sonrió con suficiencia— ¿Pero qué te puedo decir? Me encanta verme bien.

​—Sí, como sea —respondí, cortando su momento de vanidad.

​En ese instante, el imponente auto negro de mi padre se detuvo frente a nosotros. El chofer bajó de inmediato a abrirnos la portezuela y nos subimos al cálido interior. Nos esperaba un trayecto de casi veinte minutos en coche. Me dediqué a mirar a través de la ventana las calles iluminadas, observando a la gente correr de un lado a otro en un intento desesperado por conseguir regalos y preparativos de última hora.

​—Espero que tu regalo de este año sea verdaderamente bueno, Frederick —comenté, rompiendo el silencio del viaje.

​—Ey, no te quejes, que tú tendrías que regalarme a la mismísima Reina de Inglaterra como para estar reclamándome de esa forma —se mofó él, acomodándose en el asiento de piel— Además, al igual que tú, envié los siete regalos directamente a la residencia de tu padre aquí en Londres, así que ya deben estar esperándonos allá—

​—Sí... Solo espero que mi padre le haya advertido a mi madre que no husmeara en nuestros paquetes antes de tiempo —suspiré, cruzándome de brazos—Por cierto, ¿irá tu hermano Edwin?—

​—Obviamente —Frederick hizo una mueca de resignación—Por eso también le compré un regalo a él. Deséame suerte para que no lo critique—

Cuando llegamos a la residencia de mi padre en Londres, nos recibió la imponente fachada de una casa blanca, resguardada por un portón inmenso y una densa vegetación que impedía la vista de los curiosos hacia el interior. Esta propiedad había sido un capricho de mi madre; detestaba los hoteles y prefería tener un hogar propio en cada ciudad. Debido a los negocios de mi padre, ella siempre viajaba con él, instalándose en las diferentes residencias que poseían cerca de las sedes internacionales de la corporación.

​En cuanto cruzamos el umbral, el inmenso espíritu navideño de mi madre me chocó directamente en la cara. El vestíbulo estaba inundado de figuras de Santa Claus, guirnaldas rojas y verdes, y un gigantesco árbol de Navidad perfectamente iluminado. Era su época favorita del año, y parecía que ella y mi hermana se habían esmerado tanto como siempre en hacer que todo luciera verdaderamente maravilloso.

​—¡Hijo! —me llamó mi madre, avanzando hacia mí con la elegancia que la caracterizaba, vistiendo un impecable traje sastre blanco de pantalón y chaqueta—Me alegra muchísimo que estén aquí.

​Se giró con una sonrisa y saludó a Frederick con el mismo afecto. Pasamos al salón principal y nos fundimos en la habitual ronda de saludos y abrazos con todos los presentes: mi padre, mi hermana, Edwin, y los señores Vance, Ernesto y Amelia. Tras ponernos al día brevemente, nos dirigimos al gran comedor, donde los meseros comenzaron a servir el pavo.

​La madre de Frederick alzó su copa de cristal, dando inicio formal a la velada.

​—Brindemos por las muchas bendiciones que tenemos —anunció Amelia— Salud por los que estamos hoy aquí, por los que ya no están, y salud por las personas que están por venir—



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En el texto hay: #amor, #arte, #odio-amor

Editado: 15.09.2026

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