Cuando ingresé de nuevo a la universidad, el ambiente en el auditorio principal era una mezcla de expectación y murmullos descontentos. A mi lado, Frederick se movía perezosamente en su asiento, claramente aburrido, mientras escuchábamos al director darnos el discurso de bienvenida.
—Espero que hayan pasado unas vacaciones provechosas —decía el director desde el podio, mostrándonos una sonrisa perfecta y ensayada que dejaba ver todos sus dientes—Sé que ya muchos de ustedes se enteraron de las becas que va a otorgar la institución este año. Así que, para resolver sus dudas, los dejaré con Mrs. Liliana, directora general de la gestión de este programa—
La mujer avanzó hacia el micrófono con paso firme y tomó una breve pausa antes de hablar, recorriendo el auditorio con la mirada.
—Muchas gracias, director —comenzó—Se aplicaron hace cinco días unas pruebas sumamente estrictas. De los mil cupos que se planeaba otorgar originalmente, solo se entregaron trescientas becas, ya que no muchos de los aspirantes contaban con el altísimo rendimiento académico y artístico que se necesita para pertenecer a esta institución. Sus nuevos compañeros no son diferentes a ustedes; todos son seres humanos que quieren aprender y salir al mundo. Así que quiero dejar muy en claro que espero que se comporten a la altura de la educación que reciben y eviten a toda costa los tratos discriminatorios. Dicho esto, muchas gracias y bienvenidos a este nuevo ciclo—
—Qué putada —masculló Frederick en voz baja en cuanto los aplausos protocolares comenzaron a sonar—Ahora quién sabe con cuántos becados tendremos que compartir las clases
—A mí no me importa, siempre y cuando no se metan en mi camino —le respondí con indiferencia, ajustándome la correa de la mochila al hombro mientras nos poníamos de pie para salir por las grandes puertas del auditorio.
—Mi madre se va a poner como una loca desquiciada si le cuento que me tocó compartir el aula con alguno de ellos —continuó quejándose Frederick mientras caminábamos por los pasillos abarrotados.
—Es difícil que logren acceder a las clases VIP —comenté, recordando la rigurosa estructura de la facultad—Esos módulos están reservados para los promedios históricos y los fondos privados.
—Sí, tienes razón —suspiró, y pareció relajarse un poco—Eso me deja más tranquilo. Solo tendré que cruzarme con uno que otro en las materias compartidas de tronco común, y no en las especializadas, que son las más importantes.
—¿Tanto te preocupa que Amelia te mate? —lo miré de reojo, divertido por su paranoia.
—¡Claro que sí! —exclamó en un grito un poco más alto de lo debido, provocando que varios estudiantes se giraran de inmediato a vernos— Mi madre es capaz de armar un escándalo de proporciones bíblicas si me llega a ver de amiguito con algún becado—
—Y tú no te hagas el chistoso —me espetó Frederick, apuntándome con el dedo— Estás tan jodido como yo en esto. Debemos tratarlos como si tuvieran sarna para asegurarnos de que nuestras madres no nos maten.
—Me queda claro que nuestras mamás odian con toda su alma la simple idea de que nos mezclemos —comenté, soltando una pequeña risa por su dramatismo.
—Umm, sí. Aunque, para ser sincero, yo tampoco es que tenga el más mínimo interés en mezclarme con ellos.
—Sí, lo sé —le sonreí, dándole una palmada en la espalda— Pero no te preocupes. Creo que la diferencia de clases se nota a leguas en este lugar; dudo mucho que se atrevan a hablarnos o a dirigirnos la mirada.
—Sí, claro… —masculló Frederick, aunque su expresión seguía siendo de desconfianza—El problema es que hay algunos que son sumamente atrevidos. No creo que conozcan su posición real; seguro ya se deben sentir nuestros iguales solo por el simple hecho de haber puesto un pie aquí adentro—
Llegamos con Frederick al salón de Anatomía y Percepción de Luz, una de las asignaturas de tronco común que, por desdicha, compartíamos con los nuevos becados. Al ser una materia general, el aula solía llenarse con estudiantes de diversos niveles, desde el primero hasta el décimo semestre. Entramos y, al echar un vistazo, comprobé aliviado que seguíamos siendo prácticamente los mismos del año pasado; caminamos con propiedad y tomamos nuestros asientos habituales junto al gran ventanal. Personalmente, este espacio era uno de mis favoritos en todo el campus. La distribución de la luz natural, la pulcritud de las paredes blancas y el ambiente en general me resultaban idóneos para inspirarme.
—Muy bien, alumnos —interrumpió la licenciada Estela, una mujer de no más de cincuenta años que caminaba de forma altiva por el estrado. Era la pesadilla de medio campus porque su materia era ridículamente complicada—El día de hoy tendremos a una estudiante nueva que compartirá esta clase con nosotros. Fue una de las becadas con mejor puntuación en los exámenes de admisión, así que démosle la bienvenida—
Soltó un aplauso seco y carente de entusiasmo, dejando en claro que a ella tampoco le hacía ninguna gracia la nueva política de inclusión de la universidad.
El tiempo pareció detenerse por completo en cuanto la silueta cruzó el umbral. No puede ser. Tenía que ser una maldita y asquerosa broma del destino. De todos los barrios bajos de la ciudad, de todos los miserables becados que habían logrado entrar, tenía que compartir precisamente mi clase favorita con ella.
—Hola a todos, mi nombre es Avery Moore y espero que nos llevemos bien —pronunció, manteniendo una postura firme mientras esperaba que la maestra le indicara dónde acomodarse.
—Bien, es un gusto, ¿verdad, chicos? —comentó la licenciada Estela con falsa amabilidad.
—¿Por qué tenemos que compartir clases con ella? —protestó una chica desde el fondo del salón, ganándose varios murmullos de aprobación general.
—Porque ahora es su compañera y no voy a tolerar desprecios en mi aula —zanjó la profesora con dureza— Avery, siéntate donde te parezca mejor.