Fuera de foco: a través del lienzo

CAPITULO 8: Avery

No podía ser verdad. Mi primer maldito día de clases y esos idiotas imbéciles ya me habían hecho el día pedazos. Tuve que tragarme toda mi rabia y la oleada de indignación que me quemaba el pecho para no estamparles los puños en la cara. Son simplemente eso: unos niños ricos mimados que no tienen ni la más mínima idea del verdadero sentido de la vida, ni del esfuerzo que hacemos las personas que de verdad trabajamos duro para ganarnos un lugar en esta universidad. Sé que me excedí en la confrontación con el idiota mayor, el de cabello negro... y lo peor del caso, lo que más me enfurecía, es que el maldito era jodidamente guapo. Pero claro, lo atractivo no le quitaba lo imbécil y lo supe desde el primera vez que lo ví.

​En cuanto sonó el timbre, los vi marcharse. Tanto él como su insoportable amigo rubio salieron del aula con el mentón en alto, como si fueran los dueños del suelo que pisaban. De inmediato, la licenciada Estela se acercó a mi mesa y, con un tono severo, me ordenó que me dirigiera a la oficina del director.

​Caminar por los pasillos fue un calvario. Parecía que el chisme se había esparcido a la velocidad de la pólvora por todo el campus; la gente se codeaba al verme pasar y me volteaban a ver como si fuera un bicho raro. Me clavaban miradas cargadas de un desprecio absoluto, como si me odiaran por el simple hecho de haber desafiado a sus "reyes", o por haber tenido la osadía de insultar a los chicos que se creían superiores al resto del mundo. Me detuve en la orina del director y tome aire antes de tan siquiera abrir la puerta.

—Señorita Avery —me llamó el director en cuanto crucé el umbral. Era un hombre calvo, rechoncho y de mediana edad que me indicó el asiento frente a su escritorio con un gesto desinteresado— Tengo entendido la confrontación que acaba de tener en el aula con el joven Mateo y el joven Frederick.

—Sí, señor, es correcto. Pero quiero dejar en claro que yo no…

El hombre alzó la mano de golpe, interrumpiéndome a mitad de la frase para que me callara.

—¡Silencio, señorita Moore! Esa forma suya de responder es exactamente lo que la puso en esta situación —sentenció el director, golpeando con el puño el escritorio.

​—Señor, con todo respeto, ellos fueron groseros primero conmigo... —intenté defenderne.

​—Debe entender que aquí existen las clases sociales, señorita. Usted no puede ponerse al nivel de ninguno de los dos jóvenes. Sus familias son las que más hacen donaciones a la universidad y, créame, si usted llega a volver a esta dirección por un problema con ellos dos, no dudaré ni un segundo en expulsarla con tal de mantener las buenas relaciones que tenemos con sus padres.

​Apreté los puños debajo de la mesa, clavándome las uñas en las palmas para no gritar. La injusticia del lugar me revolvía el estómago.

​—Sí, entiendo. Muchas gracias —respondí, forzando las palabras a través de mis dientes apretados.

​—No me agradezca a mí, señorita. Agrézcale al señor Frederick, que decidió no venir aquí a exigir su expulsión inmediata de la universidad, porque le aseguro que pudo haberlo hecho.

​—Entiendo.

​—Tome esto como una última advertencia: no se vuelva a meter con ellos ni los mire. Puede retirarse.

No puede ser. ¡Maldición! Ahora resulta que la regañada soy yo, mientras que a ese par de imbéciles de seguro hasta les piden disculpas y les sirven el café en bandeja de plata. Sé perfectamente que en estas universidades privadas de mierda las jerarquías sociales existen y mandan, pero ¿amenazarme con expulsarme solo por no dejarme pisotear? Era absurdo, una completa injusticia que me hacía hervir la sangre.

Tragándome la rabia, me dirigí a la sala de inscripciones. Si algo iba a sacarle a este lugar clasista, era cada centavo de mi beca. Como había sacado el mejor promedio del examen de ingreso, tenía el beneficio de escabullirme en dos clases VIP. Lastimosamente, solo podía elegir dos porque la beca no me cubría más, así que tenía que hacer que valiera la pena.

—Hola, buenas —saludé a la encargada, intentando aflojar la mandíbula y poner mi mejor cara de “no acabo de ser humillada en la dirección”.

—Hola, sí, dime.

—Quisiera inscribirme a Grabado y Tridimensionalidad.

—¿Estudiante de Arte? —preguntó levantando la vista, con tono desinteresado.

—No… o sea, sí, pero soy estudiante de Fotografía.

—Oh, Artes Visuales. Qué bonito —dijo cambiando a una sonrisa amable— Dame tu ticket VIP, por favor.

Le tendí el papel arrugado que me habían entregado al ganar la beca. Tecleó algo en su computadora durante unos segundos y me devolvió el comprobante sellado.

—Listo —dijo, tendiéndome el ticket— Ah, un detalle: para esas clases debes tener dos libros obligatorios. Son sobre la Historia del Arte y El Arte de la Pintura de Giorgio Vasari.

—¿Son… indispensables? —pregunté, sintiendo un nudo inmediato en el estómago.

—Si quieres pasar el semestre, sí —respondió con total naturalidad—Te aconsejo que los busques en casas de segunda mano, suelen ser mucho más económicos.

—Gracias…

Salí de la sala con un sabor amargo en la boca y la frustración carcomiéndome por dentro. Mis ingresos como cajera a medio tiempo eran un chiste; con costos lograba juntar para pagar el alquiler de una habitación miserable en un apartamento medio destruido que olía a humedad. Pensar en gastar dinero extra en libros costosos me dejaba al borde del colapso. Todo en este lugar parecía diseñado para recordarme que yo no pertenecía aquí.

Tendré que conseguir un nuevo empleo; solo de esa forma será más fácil costear los materiales y las cosas para la carrera sin vivir al borde del colapso financiero.

Para mi sorpresa, cuando comenzaron las clases, descubrí que no todos los riquillos de este campus eran unos idiotas insufribles. De hecho, algunos me trataron increíblemente bien. Así fue como terminé haciéndome amiga de un chico y una chica: Jhosh y Darla. Ambos tenían una personalidad arrolladora, extravagante y una energía tan contagiosa que hacía imposible que pasaran desapercibidos.



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En el texto hay: #amor, #arte, #odio-amor

Editado: 15.09.2026

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