El estadio Monumental siempre olía a lo mismo antes de un partido: césped recién cortado, humedad, humo de bengalas y esa electricidad invisible que solo noventa mil personas impacientes pueden generar. Para Mateo, el "10" y capitán del equipo, ese ruido era su hábitat. Sin embargo, en el último mes, su mirada siempre se desviaba al mismo punto de la línea de cal antes del pitido inicial: el rincón de los fotógrafos de prensa.
Allí estaba Valeria. Mientras los demás fotógrafos preparaban teleobjetivos gigantescos para captar la acción balompédica pura, ella ajustaba su lente buscando otra cosa. Valeria no buscaba la pelota; buscaba los rostros. La tensión en el tendón de un jugador, el sudor frío del portero, la frustración o la gloria en una fracción de segundo.
Llevaba seis meses cubriendo la liga y sus fotos ya eran portada nacional. Nadie sabía que su mejor muso era Mateo. Lo llamaban "El témpano" por su seriedad y frialdad para jugar, pero a través del visor de Valeria, Mateo era puro fuego, un mapa de emociones contenidas.
Esa tarde, antes de que el árbitro diera inicio al superclásico contra el rival de toda la vida, sus miradas se cruzaron. Mateo le dedicó un leve asentimiento con la cabeza. Valeria sonrió tras la cámara y apretó el obturador. La primera foto del día no fue de fútbol; fue de ellos.