❄️MASON❄️
El frío me golpeó el rostro apenas salí de los vestidores, incluso antes de pisar el hielo. El olor a goma, sudor y el leve aroma a amoníaco del Zamboni es una bienvenida familiar que está entre mis mejores recuerdos. Mis patines crujieron al apretar los cordones, un sonido satisfactorio que me recuerda cada día que estoy vivo, que mi existencia era completa por esto. El ruido metálico de las cuchillas al tocar el hielo por primera vez es como una descarga eléctrica que recorre mi cuerpo.
—¡Vamos, muchachos, calienten esos malditos pies! —gritó el entrenador desde la esquina, su voz resonando en la arena que solo estaba ocupada por nosotros.
Empecé con unas vueltas suaves, sintiendo cómo el filo de la cuchilla se desliza sin esfuerzo. El hielo estaba perfecto hoy, una superficie lisa y pulcra, justo como me gustaba. Hice algunos giros de tres, mi cuerpo inclinándose instintivamente, las piernas empujando para sentir la potencia. El aire helado quemando mis pulmones al respirar hondo, pero es un ardor que me revitaliza.
—¿Qué mierdas? ¿Estás bailando Wright? —masculló el entrenador al verme.
Luego, el disco. El familiar golpeteo del puck contra mi stick es música para mis oídos. Empecé a arrastrarlo, a driblarlo de un lado a otro jugando con Volkov, sintiendo su peso ligero, pero sólido. El sonido del disco rebotando contra las tablas es un eco constante en el silencio relativo de la práctica.
—Deberías dármela —dijo bajo su casco
—Como si fuera a dártela —Ivan estaba jugando como defensa del equipo contrario durante la práctica—. No muerdo, bebé.
—Ya quisieras morder mi trasero. —devolvió mi mejor amigo.
—Perra —lancé.
—Pero no la tuya —rematé.
Lo esquivé y lancé el disco al ala izquierda, este hizo un giro rápido y me lo devolvió cuando me estaba acercando de la meta.
El sonido del puck al salir de mi stick es un zumbido seco. Vuela como un hermoso cometa y se estrella contra la red. Gol.
Un grito de celebración instintivo se escapa de mi garganta, ahogado por el casco. Es solo un entrenamiento, pero el sentimiento es real. La satisfacción, el saber que mi cuerpo y mi mente están sincronizados, listos para más. Miro al hielo, resbaladizo, implacable, hermoso. Aquí es donde pertenezco.
—Muchachos, tenemos el partido este viernes. Las semifinales, estará lleno de reclutadores así que es hora de que se enserien y hagan las cosas bien. —el entrenador Nolan me señaló—. Tú como capitan tienes toda la responsabilidad sobre el equipo. Pero confiamos en ti.
El entrenador estaba luchando por llevar a la escuela a la final, con más de cinco años sin pasar de cuartos y este siendo mi primero como capitán tenía que hacer todo lo posible para que se cumpliera nuestros propositos.
—¿Quiénes somos? —pregunté al equipo.
—Las águilas —contestaron todos al unísono
—¿Quiénes somos?
—Las aguilas —repitieron como siempre.
Tenía grandes expectativas y ganar este campeonato era un paso para un equipo importante. Incluso para las olimpiadas de invierno dentro de unos años.
La práctica terminó después de unas vueltas de lado a lado en la pista y me fui directo al vestuario. Antes de que pudiera caminar, vi como una pequeña figura entraba a la pista, pareciendo más estresada que nunca.
Katerina.
Parecía más molesta que de costumbre, incluso con sueño, algo que no era una buena combinación cuando se estaba en el hielo. Caer ahí era como pegar contra una losa de concreto sin nada para amortiguar. Una experiencia que no le recomendaba a nadie.
Ella comenzó a moverse con sutileza sobre el hielo, perdiendo poco a poco esa tensión que al parecer la estaba gobernando. Parecía que estuviera volando. Pese a que yo era un ordinario, siempre había admirado la manera en que ella podía parecer todo suave cuando estaba en la pista, pero su deporte tenía mucha fortaleza porque para lograr ese efecto delicado debías partirte el culo. Literalmente.
Sabía que no debería mirarla, pero me hallé embelesado, puede que ella no me considerara su amigo, pero para mí, Katerina lo era. Siempre lo había sido.
Toda mi vida, ella se convirtió en una constante, el haberme hecho amigo de su gemelo cuando mamá trabaja para ellos hizo que nuestro destino se sellara. Y no había instante en que no estuviera en mis recuerdos. Me gustaba molestarla porque se enfurecía de tal manera que parecía ser el único instante en donde ella se soltaba.
Era una jodida empollona.
La chica no tenía amigos, ni siquiera su compañero de equipo lo era, vivía metida por siempre y para siempre en la pista, practicando una y otra vez. Por alguna extraña razón, ella nunca había podido ganar en la categoría senior. Lo que era una lástima, la chica era buena. Pero, ¿Qué se yo sobre patinaje? Una mierda.
La vi deslizarse hacia atrás y con una fuerza increíble se alzó sobre el filo del patín elevándose llevando su pierna derecha a una posición que parece suspenderse en el aire. Cayó suave sobre su pierna.
—Ese es su salchow —explicó Ivan a mi lado—. Algo le pasa que no está haciendo las cosas más dificiles.
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Editado: 29.08.2025