Fuera de las Sombras

PRÓLOGO: El roce del pecado

El sol de la tarde sobre Positano era una bendición para cualquiera, menos para Giovanni Moretti. Desde el balcón de piedra de la mansión, el heredero del imperio más sangriento del sur de Italia observaba el jardín con la mirada de un halcón que ha visto demasiada muerte.

Abajo, entre los limoneros y las flores blancas, dos risas se entrelazaban. La de su hermana Gia, estridente y libre, y la otra.

Allegra.

Ella se movía con una gracia que dolía. A sus diecisiete años, Allegra no caminaba, flotaba. Sus padres, Julian y Marcello, la habían criado entre lienzos de Renacimiento y óperas en la Scala, dándole esa aura de pureza que no pertenecía a una casa donde el olor a pólvora se filtraba por las rendijas de las puertas.

Giovanni apretó el barandal, sus manos enfundadas en el cuero negro de sus guantes. El calor era sofocante, pero él jamás se los quitaba. Odiaba el contacto. El roce de la piel ajena le provocaba una repulsión eléctrica, una náusea que solo se calmaba con el aislamiento o la violencia. Nadie lo tocaba. Nadie, excepto sus propios demonios.

—¿Vas a seguir mirándola como si fueras a devorarla o vas a bajar a saludar, hermano? —La voz de Gia llegó desde abajo, burlona.

Allegra levantó la vista. Sus ojos grises, enmarcados por ese rostro de muñeca que hacía que los hombres en Nápoles perdieran la cabeza, se encontraron con los verdes de Giovanni. Él no se inmutó. La observó con esa frialdad gélida que escondía un incendio. La vio acomodarse un mechón de su cabello castaño, ese que brillaba bajo el sol italiano.

Ella le sonrió. Una sonrisa dulce, inocente, la sonrisa de alguien que ha sido amada cada segundo de su vida.

Giovanni sintió un pinchazo de posesividad tan violento que le costó respirar. Quería bajar, tomarla del cuello y esconderla en el sótano más profundo de la mansión para que nadie más viera esa luz. Ella era "la niña" de sus padres, la hermana de elección de Gia, la pequeña protegida que correteaba por sus pasillos desde que tenía memoria.

Pero para él, Allegra era un temporizador. Una bomba de tiempo que marcaría el inicio de su perdición en cuanto el reloj diera la medianoche de su próximo cumpleaños.

Seis años de diferencia no eran nada en el mundo de la mafia, pero para Giovanni, eran la frontera entre el hombre que intentaba mantener la cordura y el monstruo que quería reclamar lo que nunca debió desear.

—Seis meses más, piccola —susurró Giovanni para sí mismo, su voz siendo un gruñido bajo, casi inaudible—. Seis meses para que dejes de ser una niña. Y entonces, entenderás por qué nadie se atreve a tocarme.

Dio media vuelta, dejando la luz del jardín por la oscuridad de su despacho, donde las órdenes de ejecución y el lenguaje de las armas eran lo único que sabía manejar. Allegra era arte. Él era guerra. Y la guerra siempre terminaba destruyendo la belleza.




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