Fuera de las Sombras

CAPÍTULO 2: Veneno en el reservado

El club L'Eclissi en el corazón de Nápoles era un santuario de pecado, luces de neón violeta y bajos que retumbaban en el pecho. Allegra se sentía fuera de lugar y, al mismo tiempo, extrañamente poderosa. Llevaba el vestido de seda color chocolate que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel, resaltando cada curva y su pequeña cintura de sesenta centímetros. Sus ojos grises estaban cargados de determinación mientras caminaba junto a Gia, quien se abría paso entre la multitud con la seguridad de quien es la princesa de ese imperio.

—Mi hermano está en el reservado del fondo —susurró Gia cerca de su oído—. Rocco me dijo que hoy está de un humor de perros, Al. ¿Estás segura de esto?

Allegra no respondió; solo asintió. Hoy cumplía dieciocho años. Hoy dejaba de ser la protegida para ser la mujer que Giovanni Moretti no pudiera ignorar.

Al llegar a las puertas dobles custodiadas por dos hombres armados, los guardias se hicieron a un lado de inmediato al ver a Gia. Allegra entró, pero el aire se le escapó de los pulmones.

El reservado era un oasis de silencio y lujo. Sentado en el centro, envuelto en humo de tabaco, estaba Giovanni. Sus ojos verde claro se clavaron en ella con una intensidad que casi la hace retroceder. Pero no estaba solo. Una mujer alta, de una delgadez afilada y cabello rubio platino artificial, estaba sentada peligrosamente cerca de él. Fiorella sostenía una copa de cristal con garras pintadas de rojo sangre.

—Vaya, vaya —siseó Fiorella, recorriendo a Allegra con una mirada cargada de asco—. ¿Qué hace una muñequita de porcelana en un lugar para adultos? ¿Te perdiste de camino a tu clase de ballet, cariño?

Allegra sintió que las mejillas le ardían. Dio un paso adelante, ignorando a la rubia. —Giovanni, tenemos que hablar.

Giovanni no se movió. Sus manos, ocultas tras los impecables guantes de cuero negro, se cerraron sobre los brazos del sillón. Sus ojos verdes devoraban el vestido de Allegra, bajando por su escote hasta sus piernas, con un hambre que no intentaba ocultar.

—No tienes nada que hacer aquí, Allegra —dijo él, su voz era un gruñido bajo y peligroso—. Vuelve a casa con Gia. Ahora.

—No me voy a ir —desafió ella, aunque le temblaba la voz—. Cumplo dieciocho años hoy, Giovanni. Ya no soy la niña que juega en tu jardín.

Fiorella soltó una carcajada estridente y se puso de pie, caminando hacia Allegra con la elegancia de una víbora. Se detuvo a pocos centímetros, siendo mucho más alta, y le lanzó el humo del cigarrillo a la cara.

—Escúchame bien, enana mimada —escupió Fiorella con veneno—. No me importa cuántos años cumplas. Giovanni y yo firmaremos un acuerdo de sangre. Soy la hija de Lorenzo De Luca y voy a ser su esposa. Tú no eres más que un estorbo, una mascota que sus padres recogieron de la calle. Lárgate antes de que te rompa esa carita de ángel.

El corazón de Allegra se hizo pedazos. ¿Prometida? ¿Por eso él la evitaba? Las lágrimas empezaron a nublar su vista y dio media vuelta para salir corriendo, sintiéndose la persona más estúpida del mundo.

Pero antes de que pudiera dar el segundo paso, una mano enguantada se cerró con fuerza alrededor de su muñeca.

—¿A dónde carajo crees que vas? —La voz de Giovanni tronó en el reservado.

Él se había levantado con una rapidez inhumana. Su estatura de un metro noventa proyectaba una sombra imponente sobre ambas mujeres. Tiró de Allegra hacia su pecho, manteniéndola pegada a él, ignorando por un segundo su propia fobia al contacto.

—Suéltala, Gio —dijo Fiorella, molesta—. Solo es una niña estúpida que...

—¡Cierra la puta boca, Fiorella! —rugió Giovanni, volviéndose hacia la rubia con una mirada que prometía violencia—. No vuelvas a dirigirte a ella. No vuelvas a tocarla. Y mucho menos vuelvas a decir que eres algo mío.

Fiorella retrocedió, impactada por la ferocidad del ataque. —Pero tu padre dijo que el tratado...

—A mi padre le diré que se meta su tratado por el culo —sentenció él. Giovanni se giró hacia Allegra, su mandíbula estaba tan tensa que parecía que se iba a romper. La obligó a mirarlo, sujetándola con una posesividad que le cortaba la respiración—. Mírame, Allegra.

Ella levantó sus ojos grises, empañados en lágrimas. —¿Es verdad? ¿Te vas a casar con ella?

Giovanni guardó silencio un segundo, sus ojos verdes recorriendo cada detalle de su rostro de muñeca. Su mano enguantada subió por su cuello, apretando apenas lo suficiente para que ella sintiera su control. —Nadie me obliga a hacer nada que yo no quiera. Y lo último que quiero en este puto mundo es a esa mujer en mi cama.

Se acercó a su oído, y su aliento caliente le erizó la piel. —Feliz cumpleaños, piccola. Pero cometiste un error viniendo aquí. Ahora que has entrado en mi territorio por tu cuenta, no voy a dejar que salgas de él sin mi marca.

Miró a Rocco, que observaba desde la barra con una expresión seria. —Saca a Fiorella de aquí. Si vuelve a abrir la boca, córtale la lengua. Y Gia, vete con Rocco. Allegra se queda conmigo.

Allegra tembló, no de miedo, sino de una anticipación oscura. Giovanni la soltó bruscamente, como si el contacto físico le quemara, pero no la dejó irse. Se puso frente a ella, bloqueando la salida, un depredador que finalmente había atrapado a su presa.




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