Fumando detrás del minisúper

Malboro a las 2:25 a.m.

La tercera vez que salió a fumar esa noche, el aire olía a lluvia reciente y a basura lejana. Apretó el cigarrillo entre los labios, encendió la chispa bajo la luz amarillenta de la bombilla trasera del minisúper, y aspiró como si el humo pudiera llenar algo más que sus pulmones.

En el minisúper, la televisión mostraba noticias de un mundo que parecía ficción. Él, de este lado del mostrador, era el guardián de latas, cigarros y soledades a crédito.

La puerta trasera chirrió. No se volvió; conocía el ritmo de los compañeros de turno. Pero esta vez no era Carlos el reponedor. Era una mujer mayor, con un abrigo verde raído, la misma que venía cada jueves a comprar leche deslactosada y una barra de pan blanco.

—¿No debería estar del otro lado? —preguntó él, exhalando humo hacia la noche húmeda.

—El timbre no funciona —dijo ella, sin mirarlo, buscando algo en su bolso. Sacó un cigarrillo arrugado. Él le alcanzó el encendedor.

Fumaron en silencio un minuto. Luego ella dijo, como hablando con la pared:

—Mi esposo murió hace justo siete años a esta hora.

Él asintió, aunque supo que no esperaba respuesta.

—Él también fumaba —continuó ella—. Marlboro, como usted. Decía que el humo le ayudaba a pensar. Yo le decía que el humo solo ayuda a morir.

—¿Y tenía razón? —preguntó él, sin saber por qué.

Ella lo miró por primera vez. Sus ojos eran pozos de cansancio.

—Los dos —dijo—. Pensaba mejor, y se murió igual.

Aplastó la colilla contra el suelo, metió las manos en los bolsillos del abrigo verde, y entró al minisúper sin decir adiós. Él la siguió, la vio pagar en silencio, salir sin mirar atrás.

En la caja, Carlos bostezaba.

—¿Quién era? —preguntó.

—La señora del abrigo verde —dijo él.

Carlos frunció el ceño.

—¿Qué señora?

Él no insistió. Tal vez Carlos no la había visto. Tal vez a esa hora de la madrugada, todos somos fantasmas para alguien.

Fue a lavarse las manos. En el espejo del baño, sus ojos parecían más hundidos que la semana pasada. Tosió. Un sonido seco, como de madera quebrada.

La tos le arrancó lágrimas, pero la atribuyó al humo.



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En el texto hay: melancolia, fantasía urbana

Editado: 18.02.2026

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