Martes. La lluvia había vuelto, fina y persistente. Detrás del minisúper, el agua goteaba de un toldo roto formando un charco que reflejaba la luz de la bombilla como un ojo amarillo y enfermo.
Había un teléfono público a veinte metros, en la esquina. Una reliquia que nadie usaba ya. Hasta esa noche.
Un hombre joven, tal vez diecinueve años, estaba bajo la lluvia, gritando al auricular.
—¡Tienes que entenderme! ¡No fue mi culpa!
Su voz se quebraba entre el agua y la desesperación. Llevaba una chaqueta de mezclilla empapada, el pelo pegado a la frente.
Él fumó su Lucky Strike observando. No era curiosidad, era costumbre. En el minisúper se aprende a mirar sin involucrarse.
El joven colgó bruscamente, dejó el auricular colgando como un cuerpo ahorcado. Se quedó inmóvil bajo la lluvia, mirando el aparato como si esperara que le devolviera las palabras.
Luego giró y sus ojos se encontraron con los de él. Por un segundo, hubo un reconocimiento extraño, como de dos náufragos en islas distintas.
El joven caminó hacia el minisúper, entró, tomó una cerveza barata del refrigerador, la puso en el mostrador. Sus manos temblaban.
—¿Tienes documentos? —preguntó él por puro protocolo.
—No —dijo el joven, sin intentar mentir.
Él asintió, cobró, no pidió identificación. A veces, las reglas son solo ruido de fondo.
—¿Vas a ir a algún lado? —preguntó el joven en la puerta, la cerveza en la mano.
—Aquí hasta las seis.
—No, en general.
Él pensó en la pregunta. En los últimos años, sus viajes se limitaban a la ruta entre el minisúper y su departamento de cuarenta metros cuadrados.
—No —respondió.
El joven sonrió, una sonrisa triste y sabia.
—Qué suerte.
Se fue bajo la lluvia. Al rato, él salió a fumar otro cigarrillo. El teléfono público aún colgaba, balanceándose suavemente. El charco donde había estado el joven ya se había nivelado, como si nunca hubiera existido.
Pensó en las conversaciones que se pierden en el aire, en las palabras que nunca llegan a oídos que las esperan. Pensó que tal vez todos estamos gritando a teléfonos desconectados, bajo lluvias que nadie más ve.
Entró, tosió dos veces seguidas. Carlos levantó la vista.
—¿Te estás resfriando?
—Es el humo —mintió él.
Pero en el reflejo de la vitrina, vio su rostro pálido, y por primera vez sintió un miedo sordo, profundo, como un animal rascando desde dentro de su pecho.