Jueves. La mujer del abrigo verde no vino.
Él lo notó de inmediato. Su turno comenzaba a las once, y ella siempre llegaba a la 1:10 a.m., exactamente. Compraba leche deslactosada, pan blanco, a veces una lata de atún.
A la 1:30 a.m., todavía no aparecía. A las 2 a.m., salió a fumar un Chesterfield —una marca vieja que fumaba su abuelo— y miró la calle vacía.
No la conocía. No sabía su nombre, dónde vivía, si tenía familia. Solo sabía que cada jueves, durante los últimos dos años, había sido una constante en su noche. Una presencia silenciosa que marcaba el tiempo.
¿Se había mudado? ¿Estaba enferma? ¿Muerta?
Entró de nuevo. Carlos hojeaba una revista de autos.
—¿Te acuerdas de la señora del abrigo verde? —preguntó él.
Carlos lo miró confundido.
—¿Qué señora?
—La que venía los jueves. Leche y pan.
Carlos negó con la cabeza.
—No me suena. ¿Era cliente regular?
Él no insistió. Tal vez Carlos tenía razón. Tal vez él había inventado a la mujer del abrigo verde, un fantasma para acompañar sus noches.
Pero cuando abrió la caja registradora para hacer corte parcial, encontró algo pegado con un clip a los billetes: una pequeña foto descolorida de una mujer joven sonriendo, con un bebé en brazos. Al dorso, en letra temblorosa: "Para cuando te acuerdes de que existí. Gracias por no preguntar nunca."
No había nombre. No había fecha.
Salió corriendo a la calle, la foto en la mano. Nada. Solo la noche fría y la luz de los faroles bailando sobre el asfalto mojado.
Volvió, guardó la foto en su billetera, junto a una foto vieja de su hermana. Dos mujeres que se habían desvanecido de su vida, dejando solo imágenes y silencios.
Esa noche, cada vez que tosía —y tosía más seguido—, miraba la foto de la mujer del abrigo verde y se preguntaba si alguien, en algún lugar, guardaba una foto suya.
Probablemente no.