Fumando detrás del minisúper

Camel a las 3:00 a.m.

Viernes. El borracho de los viernes llegó puntual. Un hombre de unos cincuenta años, traje arrugado, corbata floja. Siempre compraba la misma cerveza importada cara, aunque claramente no podía permitírsela.

—¿Otro día en el paraíso? —saludó el borracho, con ironía cansada.

—Otro turno en el purgatorio —respondió él, el guion ya escrito.

Pagó, abrió la lata allí mismo, bebió un trago largo.

—¿Sabes? Hoy es el aniversario de cuando gané la lotería —dijo, como cada viernes.

La primera vez, hace años, él había preguntado "¿En serio? ¿Cuánto?". La respuesta había sido siempre la misma:

—Nada. No gané. Pero juego los mismos números hace veinte años. Cada viernes compro el boleto en la esquina, luego la cerveza aquí. No juego para ganar, juego para tener algo que esperar hasta el sábado.

Esa frase le había quedado resonando la primera vez. Ahora era parte del paisaje sonoro de sus viernes.

—¿Y si gana algún día? —preguntó él, por variar el guion.

El borracho sonrió, una sonrisa triste y profunda.

—Me daría miedo. Porque entonces ya no tendría nada que esperar.

Se fue tambaleándose, pero con una dignidad extraña. Él lo observó desaparecer en la esquina, donde seguramente tiraría el boleto de lotería sin mirar los números.

Salió a fumar un Camel. El aire olía a fritura de un puesto callejero que ya había cerrado. Pensó en lo que el borracho había dicho.

¿Qué era lo que él esperaba? ¿El fin del turno? ¿Un día libre? ¿Una llamada de su hermana? ¿La muerte dulce y silenciosa?

Tal vez había dejado de esperar hace tiempo. Tal vez solo seguía moviéndose por inercia, como un planeta muerto que aún orbita una estrella apagada.

La tos llegó de repente, violenta, doblándolo por la cintura. Esta vez no fueron solo lágrimas; fue un sabor metálico en la boca, un dolor agudo en el pecho que tardó en ceder.

Cuando se enderezó, jadeando, vio una mancha oscura en el pañuelo que se había llevado a la boca.

No era humo. No era un resfriado.

Lo sabía.

Aún así, dobló el pañuelo, lo guardó en el bolsillo, terminó el cigarro. Había trabajo que hacer. Latas que acomodar, cuentas que cerrar, un turno que terminar.

La esperanza, pensó, es solo el nombre que le damos a la negación cuando nos da vergüenza admitir que ya no esperamos nada.



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En el texto hay: melancolia, fantasía urbana

Editado: 18.02.2026

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