Fumando detrás del minisúper

El último cigarrillo

No hubo marca. No hubo hora exacta.

Fue en el patio del hospital, un martes por la mañana, bajo un cielo gris plomo que prometía lluvia pero nunca la cumplía.

Él estaba sentado en una banca de concreto, un cigarrillo sin encender entre los dedos. Lo rodaba suavemente, sintiendo el papel liso, el tabaco compacto dentro.

Dentro, en una oficina con luz fluorescente, un médico con cara de cansancio le había mostrado radiografías, había dicho palabras como "metástasis", "etapa avanzada", "tratamiento paliativo".

Él había asentido, había preguntado cuánto tiempo. El médico había evitado su mirada. "Meses. Tal vez menos."

Ahora, aquí afuera, no pensaba en la muerte. Pensaba en las noches en el minisúper. En la mujer del abrigo verde. En el borracho de los viernes. En el gato que le trajo un pájaro muerto. En su sombra tenue que había visto desaparecer gradualmente, como un dibujo en la arena que el mar se lleva.

No tenía a nadie que llamar. Su hermana había cambiado de número. Sus padres habían muerto años atrás. Los compañeros de trabajo lo habían reemplazado sin problema. El mundo seguía girando, y él había sido solo una mancha borrosa en su superficie.

Encendió el cigarrillo por última vez, no para fumar, sino para ver cómo el humo se desvanecía en el aire frío del amanecer.

Observó la voluta gris subir, entrelazarse con la niebla matutina, deshacerse en nada. Igual que todas las palabras nunca dichas. Igual que todos los abrazos nunca dados. Igual que él.

Un pájaro cantó en algún árbol lejano. La ciudad empezaba a despertar. Coches, voces, vida.

Él aplastó el cigarrillo apenas encendido contra la banca, dejó el filtro allí, se levantó.

Dentro, las enfermeras lo esperaban para empezar los procedimientos. Dolor por delante. Soledad por delante. Un final lento y médico.

Pero por un momento, allí afuera, había sido libre. Había sido el hombre que fumaba detrás del minisúper, el testigo silencioso de cientos de vidas pequeñas, el coleccionista de momentos fugaces que nadie más recordaría.

Eso, tal vez, había sido suficiente. Tal vez no. Pero era lo que había tenido.

Entró al hospital. La puerta se cerró tras él con un silbido suave.

Afuera, en la banca, el filtro del cigarrillo aún guardaba el calor de sus dedos. Un calor que pronto se disiparía, como todo lo demás.



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En el texto hay: melancolia, fantasía urbana

Editado: 18.02.2026

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