Habían pasado...
Cinco años.
El mundo era diferente.
No existían imperios.
No existían reyes.
Las razas convivían bajo una sola ley.
La ley del Fundador.
Pero...
Nadie lo llamaba rey.
Nadie lo llamaba salvador.
Todos conocían un solo nombre.
Kael.
El Hombre que mató una era.
En el centro de Duskaria...
El enorme árbol seguía creciendo.
Miles de personas dejaban flores.
Algunas para Orion.
Otras para Aether.
Otras...
Para Nox.
Nadie olvidaba a quienes habían dado su vida por cambiar el mundo.
Muy lejos.
Sobre la montaña más alta.
Un hombre observaba el horizonte.
Cabello negro.
Cicatrices cubriendo su cuerpo.
Mors Aeterna descansaba clavada en la roca.
Kael.
Había envejecido.
No físicamente.
Sino en su mirada.
Ya no sonreía.
Solo contemplaba el amanecer.
Ragnar apareció detrás de él.
—Mi señor.
Las ciudades ya fueron reconstruidas.
Los niños vuelven a jugar.
Kael no respondió.
Ragnar continuó.
—Lo consiguió...
Fundador.
Por primera vez...
No existe guerra.
Kael cerró lentamente los ojos.
—¿De verdad...?
Ragnar guardó silencio.
En ese instante...
El cielo cambió.
Las nubes comenzaron a girar.
Las estrellas aparecieron...
Aunque todavía era de día.
Todo el planeta comenzó a temblar.
Los Apóstoles levantaron la vista.
Los Semidioses también.
Incluso Capricornio sintió miedo.
Entonces...
Una inmensa grieta apareció en el universo.
No en el cielo.
Más allá del cielo.
Como si la propia realidad hubiera sido cortada.
De aquella grieta...
Descendió una voz.
No era masculina.
No era femenina.
Era imposible saberlo.
Pero todos la escucharon.
"Confirmación recibida."
Silencio.
"El Fundador de la Muerte ha completado su propósito."
Kael abrió lentamente los ojos.
Por primera vez...
Desde la muerte de Aether...
Sintió algo.
No era miedo.
Era...
Curiosidad.
La voz continuó.
"Iniciando evaluación."
Entonces...
Doce enormes círculos aparecieron alrededor del planeta.
Cada uno era del tamaño de un continente.
Dentro de ellos...
Había siluetas.
Doce.
Todos irradiaban una presencia infinitamente superior a la de cualquier Semidiós.
Ragnar cayó de rodillas.
Capricornio también.
Los Apóstoles apenas podían respirar.
Uno de aquellos seres dio un paso.
No caminó.
El espacio simplemente decidió colocarlo delante de Kael.
Vestía una armadura blanca.
No llevaba espada.
Solo una vara negra.
Sus ojos parecían contener galaxias.
Sonrió.
—Así que...
Tú eres el hombre...
Que mató a Lucien.
Kael tomó lentamente a Mors Aeterna.
—¿Y tú quién eres?
El desconocido respondió con absoluta tranquilidad.
"Soy Aion."
"Dios del Tiempo Absoluto."
Todo el mundo quedó en silencio.
Aion observó la espada negra.
Luego miró directamente a Kael.
Y dijo una frase que hizo estremecer incluso a Mors Aeterna.
"Qué decepción..."
Kael frunció el ceño.
Aion sonrió.
Y señaló la espada.
"Una espada..."
Hizo una breve pausa.
"...solo es tan fuerte como la mano que la sostiene."
La mirada de Kael cambió.
Por primera vez en años...
Sonrió.
No una sonrisa de locura.
Sino la sonrisa de un hombre que acababa de encontrar un nuevo desafío.
Clavó Mors Aeterna en el suelo.
Y respondió.
"Entonces..."
La oscuridad comenzó a rodearlo.
"...tendré que convertirme en la mano más fuerte de toda la existencia."
Aion soltó una pequeña risa.
—Eso espero.
Porque...
No has derrotado ni al más débil de nosotros.
Los otros once dioses comenzaron a abrir los ojos.
Y el universo entero...
Tembló.