El universo comenzó a oscurecerse.
Las estrellas desaparecían.
Una por una.
Como velas apagándose.
Capricornio cayó de rodillas.
—No...
No puede ser...
Aion respondió.
—Cada cierto tiempo...
El universo debe reiniciarse.
Así ha sido...
Durante miles de millones de años.
Kael levantó lentamente la mirada.
—¿Reiniciar?
Luxiel respondió.
—Todo desaparecerá.
Las razas.
Los mares.
Los dioses.
Los recuerdos.
La historia.
El tiempo.
Todo.
Y después...
Nacerá un universo nuevo.
Kael permaneció en silencio.
Entonces preguntó:
—¿Y las personas?
Silencio.
Morven respondió sin emoción.
—Serán reemplazadas.
Como siempre.
Kael bajó lentamente la cabeza.
Recordó a Orion.
Aether.
Nox.
Los niños jugando bajo el árbol.
Las familias reconstruyendo sus hogares.
Todo...
Volvería a desaparecer.
Como si jamás hubiera existido.
Aion dio media vuelta.
—No puedes detenernos.
Ni siquiera juntos podrían hacerlo los doce Fundadores...
Y tú...
Solo eres uno.
Los doce dioses comenzaron a desaparecer.
Antes de irse...
Aion miró por última vez a Kael.
Y dijo:
"Tienes cien días."
"Después..."
El universo comenzó a cerrarse.
"...todo dejará de existir."
Los dioses desaparecieron.
Kael quedó completamente solo.
Miró el cielo.
Luego...
Clavó lentamente a Mors Aeterna.
Y por primera vez...
No sintió ira.
Sintió impotencia.
Porque comprendió una verdad.
Había derrotado al mundo...
Pero el mundo nunca fue el enemigo.
En otro lugar...
Un joven de cabello blanco abrió lentamente los ojos.
Frente a él...
Reposaba una espada envuelta en un brillo tenue.
El joven sonrió con tristeza.
—Así que...
Ya empezaron.
Tomó la espada.
Y caminó hacia la luz.
Su nombre...
Aún seguía siendo un secreto.
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