Aion descendió.
Solo.
Los otros dioses permanecieron observando.
Aterrizó frente a Kael.
Miró a Umbra.
Por primera vez...
Su expresión cambió.
No era miedo.
Era interés.
—Así que...
La muerte decidió despertar.
Kael desenvainó lentamente Mors Aeterna.
Umbra hizo exactamente el mismo movimiento.
Como un reflejo.
Aion suspiró.
—Sigues sin entender.
Kael respondió.
—Explícame.
Aion levantó un dedo.
El tiempo dejó de existir.
Las montañas quedaron inmóviles.
Las olas dejaron de moverse.
Incluso el viento desapareció.
Solo podían moverse...
Kael.
Umbra.
Y Aion.
Aion sonrió.
—¿Lo ves?
No soy fuerte...
Porque controlo el tiempo.
Soy fuerte...
Porque el tiempo me obedece.
Kael respondió con calma.
—Entonces...
Haré que también obedezca a la muerte.
Aion soltó una carcajada.
—Perfecto.
Eso quería escuchar.
Le dio la espalda.
Y comenzó a marcharse.
Antes de desaparecer...
Dijo algo que dejó helado incluso a Umbra.
"En siete días..."
Levantó la vista hacia el universo.
"...te enseñaré lo que significa enfrentarte a un dios."
Desapareció.
Kael permaneció inmóvil.
Umbra levantó lentamente la cabeza.
Y sonrió.
Una sonrisa idéntica a la de Kael.
Pero mucho más aterradora.
"Siete días..."
Su voz hizo temblar la realidad.
"...serán suficientes para que el mundo aprenda a temer al Fundador una vez más."
La oscuridad cubrió el horizonte.
Y, por primera vez...
Kael sintió que su próximo enemigo no sería un hombre.
Ni un dios.
Sino el propio concepto de la perfección.