Solo quedaba un día.
Kael permanecía frente a la inmensa puerta negra.
Intentó abrirla.
No pudo.
Golpeó la puerta.
Nada.
Utilizó toda la oscuridad.
Nada.
Umbra sonrió.
—No se abre con fuerza.
Kael respiró.
—Entonces...
¿Cómo?
Umbra se acercó lentamente.
Y apoyó un dedo sobre el pecho de Kael.
Justo sobre su corazón.
—Cuando aceptes...
Que un Fundador también puede perder.
Silencio.
—Cuando dejes de luchar por orgullo...
Y empieces a luchar únicamente por aquellos que jamás podrán defenderse.
Entonces...
La puerta se abrirá.
Kael bajó lentamente la cabeza.
Recordó a Orion.
Recordó a Nox.
Recordó a Aether.
Y después...
Recordó a los niños jugando bajo el árbol.
Sonrió.
Una sonrisa tranquila.
No la sonrisa del monstruo.
Sino la del niño que una vez soñó con un mundo mejor.
En ese instante...
La puerta emitió un pequeño brillo.
Solo unos centímetros.
Pero fue suficiente.
Umbra sonrió.
—Ya lo escuchó.
Kael levantó la mirada.
—¿Quién?
Umbra respondió con una voz tan profunda que hizo vibrar el universo entero.
"La Muerte."
En ese mismo instante...
El cielo se abrió.
Aion descendía.
No venía solo.
Detrás de él...
Los otros once dioses observaban.
Había llegado el séptimo día.
La primera batalla entre un Fundador...
Y un Dios...
Estaba por comenzar.