El cielo desapareció.
No se volvió oscuro.
Simplemente...
Dejó de existir.
Las estrellas quedaron inmóviles.
Los mares dejaron de moverse.
El viento murió.
Todo...
Se detuvo.
Solo tres seres seguían de pie.
Kael.
Umbra.
Y...
Aion.
Los once dioses observaban desde los enormes círculos celestiales.
Ninguno intervenía.
Porque para ellos...
Aquello no era una guerra.
Era un examen.
Aion dio un paso.
No caminó.
El universo se dobló bajo sus pies.
Cada movimiento suyo deformaba la realidad.
Kael desenvainó lentamente Mors Aeterna.
Umbra hizo exactamente el mismo movimiento.
Las dos espadas apuntaron al dios.
Aion sonrió.
—¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo?
Kael no respondió.
—Tú obtuviste poder...
Yo soy el poder.
Silencio.
—Tú controlas la muerte...
Yo soy el tiempo.
No existe un solo segundo donde yo no haya estado.
Kael desapareció.
¡¡BOOOOOOOOOOOM!!
Su espada atravesó el lugar donde estaba Aion.
Pero...
Solo golpeó el vacío.
Aion seguía de pie.
Sin moverse.
Detrás de Kael.
—Demasiado lento.
Un dedo golpeó la espalda de Kael.
Nada más.
Un solo dedo.
El impacto atravesó veinte montañas.
El continente entero tembló.
Kael escupió sangre.
Pero...
Se levantó sonriendo.
—Eso...
Fue divertido.
Aion arqueó una ceja.
—¿Todavía sonríes?
Kael limpió la sangre de su boca.
—Mientras pueda levantarme...
La pelea apenas comienza.
Umbra sonrió.
Aquella sonrisa hizo que la oscuridad cubriera media Duskaria.
Las sombras comenzaron a extenderse.
Bosques.
Montañas.
Océanos.
Todo era devorado.
Los habitantes levantaron la mirada.
No sentían miedo.
Sentían...
Respeto.
La Muerte estaba despertando.
Umbra levantó su espada.
Su voz hizo vibrar el universo.
"Inclínate..."
Silencio.
"...ante el Fundador."
La sombra creció.
Más.
Y más.
Hasta cubrir casi la mitad del planeta.
Los dioses dejaron de sonreír.
Morven habló por primera vez.
—Esa presencia...
Luxiel dio un paso atrás.
—No...
No puede ser...
Aion observó la sombra.
Por primera vez...
Su expresión cambió.
No era burla.
Era concentración.
Kael levantó lentamente la mano.
La sombra obedeció.
Miles de brazos gigantes nacieron de Umbra.
Cada uno sostenía una espada negra.
Millones de hojas apuntaban al cielo.
Kael habló con una calma aterradora.
"Umbra..."
La sombra inclinó la cabeza.
"Enséñales..."
Silencio.
"...por qué incluso la muerte tiene una sombra."
¡¡¡¡RRRRRAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHH!!!!
Las millones de espadas descendieron al mismo tiempo.
El universo entero se iluminó de negro.
Los once dioses observaron el ataque.
No se movieron.
Aion simplemente levantó un dedo.
Y dijo una sola palabra.
"...Retrocede."
El tiempo...
Retrocedió cinco segundos.
Todas las espadas volvieron a subir.
El ataque jamás ocurrió.
Los Apóstoles quedaron paralizados.
Ragnar cayó de rodillas.
—¿Deshizo...
...el ataque?
Kael observó el cielo.
Sonrió.
Pero esta vez...
No era una sonrisa de locura.
Era la sonrisa de un estratega.
De alguien que acababa de descubrir una pieza importante del tablero.
—Ya entendí...
Aion lo miró.
—¿Qué entendiste?
Kael clavó lentamente a Mors Aeterna en el suelo.
Y dijo algo que hizo que Umbra sonriera.
"No eres invencible..."
Silencio.
"...Solo tienes miedo de recibir un golpe."
Los once dioses dejaron de sonreír.
Aion permaneció inmóvil.
Durante apenas un instante...
Sus ojos se abrieron un poco más.
Kael lo había descubierto.
Aion no estaba esquivando.
Estaba reescribiendo el tiempo para que nunca lo tocaran.
Y si necesitaba hacerlo...
Significaba una sola cosa.
Podía ser herido.
Kael comenzó a reír.
"Ja..."
Otra vez.
"Ja... ja..."
Luego levantó la mirada.
Con esa sonrisa que tantos habían aprendido a temer.
"Perfecto..."
La oscuridad comenzó a envolver su cuerpo.
"Ahora sí..."
La inmensa puerta negra del RÉQUIEM apareció detrás de él.
No se abrió.
Pero...
Por primera vez...
Se escuchó un sonido.
...clic.
Como si el primer cerrojo acabara de romperse.
Umbra sonrió.
Aion dejó de sonreír.
Y el universo...
Comprendió que acababa de cometer un error.
Había provocado al único hombre capaz de desafiar sus leyes.