La mano negra seguía saliendo del interior del Réquiem.
No tenía piel.
No tenía carne.
Parecía estar hecha de oscuridad líquida.
Cada dedo que aparecía...
Hacía temblar el universo.
Los once dioses ya no sonreían.
Solaris murmuró:
—No puede ser...
Luxiel retrocedió.
—Ese poder... no pertenece a este universo.
Aion levantó lentamente su mano.
Por primera vez...
Su voz perdió la tranquilidad.
—Detente.
Kael sonrió.
—¿Qué pasa?
Silencio.
—¿No eras tú quien controlaba el tiempo?
Aion respondió.
—No permitiré que abras esa puerta.
Kael comenzó a caminar.
Lentamente.
Sin correr.
Sin mostrar prisa.
Cada paso rompía el suelo.
Cada paso aumentaba la presión.
Umbra caminaba detrás de él.
Como un rey siguiendo a otro rey.
Kael levantó la mirada.
Y dijo:
"¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo?"
Aion permaneció en silencio.
"Tú temes perder tu poder..."
Otro paso.
"...yo ya perdí todo lo que amaba."
El universo quedó completamente en silencio.
Kael señaló la puerta.
"¿Crees que me asusta abrirla?"
Sonrió.
Aquella sonrisa.
"Hace mucho dejé de tener miedo."
Aion desapareció.
Por primera vez...
Atacó con intención de matar.
Miles de cortes temporales atravesaron el espacio.
Cada uno podía borrar siglos de existencia.
Kael no esquivó.
No levantó la espada.
Simplemente...
Sonrió.
¡¡¡BOOOOOOOOOOM!!!
Umbra apareció delante.
Con una sola mano...
Detuvo todos los cortes.
Los rompió.
Como si fueran vidrio.
Los once dioses quedaron inmóviles.
Morven habló.
—¿Acaba de...
...romper el tiempo?