Aion respiró profundamente.
Por primera vez en millones de años...
Había tenido que retroceder.
Kael lo observó.
—Así que los dioses...
También pueden dar un paso atrás.
Aion respondió.
—No confundas prudencia con miedo.
Kael levantó a Mors Aeterna.
—Entonces ven.
Demuéstramelo.
Los dos desaparecieron.
La pelea dejó de ser visible.
Solo podían verse explosiones negras y doradas.
Los océanos comenzaron a elevarse.
Las montañas desaparecían.
El espacio se quebraba.
Los otros dioses empezaron a crear barreras.
No para proteger a Kael.
Ni a Aion.
Sino para evitar que el universo colapsara.
Aion apareció sobre Kael.
Una lanza hecha de tiempo descendió.
Kael levantó su espada.
¡¡CRAAAAAAACK!!
Mors Aeterna...
Se partió por la mitad.
El mundo quedó en silencio.
Ragnar gritó.
—¡¡NO!!
Los Apóstoles quedaron inmóviles.
La espada del Fundador...
Había sido destruida.
Aion bajó lentamente.
—Terminó.
Kael observó la hoja rota.
Luego...
Comenzó a reír.
No una risa de locura.
Una risa de orgullo.
—Perfecto...
Aion frunció el ceño.
—¿Qué tiene de perfecto?
Kael levantó el pedazo roto de la espada.
Y respondió:
"Una espada..."
Silencio.
"...solo es tan fuerte como la mano que la sostiene."
Apretó el mango.
La hoja rota explotó en millones de partículas negras.
Todas fueron absorbidas por Umbra.
Y la sombra...
Comenzó a transformarse.