Umbra abrió lentamente los ojos.
Ya no era una sombra.
Ahora llevaba una inmensa corona negra.
Detrás de él...
Miles de alas oscuras cubrían el cielo.
Su presencia era tan inmensa...
Que incluso el universo parecía inclinarse.
Aion dio un paso atrás.
Esta vez...
Sí era miedo.
Umbra habló.
Pero ya no utilizó la voz de Kael.
Era una voz antigua.
Infinita.
Como si la propia muerte hablara.
"Hace incontables eras..."
Silencio.
"...ustedes me encerraron detrás de esa puerta."
Los dioses quedaron completamente inmóviles.
Kael levantó lentamente la mirada.
—¿Quién... eres realmente?
Umbra sonrió.
"Yo no soy tu poder."
Otro segundo.
"Yo soy el concepto..."
La oscuridad cubrió las estrellas.
"...del final."
En ese instante...
Toda la realidad tembló.
Los doce dioses se arrodillaron por reflejo.
No porque quisieran.
Porque sus cuerpos...
No podían permanecer de pie.
Aion apretó los dientes.
—¡Imposible!
—¡Ese ser no puede regresar!
Umbra miró a Kael.
Y extendió lentamente la mano.
"Fundador..."
Silencio.
"¿Estás dispuesto a cargar con el peso de un Réquiem?"
Kael no dudó.
Sujetó la mano.
En ese instante...
La corona desapareció.
Y apareció sobre la cabeza de Kael.
Una energía indescriptible recorrió su cuerpo.
No era un aumento de fuerza.
Era como si la realidad empezara a reconocerlo como una ley.
El cielo se oscureció por completo.
Aion comprendió la verdad.
Y, por primera vez en toda su existencia...
Pronunció el nombre que llevaba millones de años prohibido.
"...Réquiem del Fundador."
La inmensa puerta negra...
Se abrió apenas un diez por ciento.
Y el universo entero...
Tembló.