Todo quedó en silencio.
Los doce dioses observaban a Kael.
La corona del Réquiem seguía sobre su cabeza.
Solo estaba abierta un 10%.
Y aun así...
La realidad comenzaba a deformarse.
Aion respiró profundamente.
Por primera vez...
Sacó un arma.
No era una espada.
Era un reloj de bolsillo negro.
Lo abrió lentamente.
Las manecillas comenzaron a girar.
Toda la existencia volvió hacia atrás.
Las montañas se reconstruyeron.
Los mares regresaron.
El cielo volvió a su lugar.
Todo...
Excepto Kael.
Aion abrió los ojos.
—¿No...?
Lo intentó otra vez.
Nada.
Kael seguía exactamente igual.
Sonrió.
—Ya entendí.
Aion guardó silencio.
—Mientras el Réquiem esté abierto...
Ni siquiera tú puedes reescribir mi existencia.
Los once dioses comenzaron a hablar entre ellos.
—Está rompiendo las leyes...
—Eso nunca ocurrió...
—No debería existir...
Aion desapareció.
Apareció frente a Kael.
Golpe.
Golpe.
Golpe.
Miles de ataques en menos de un segundo.
Kael los recibió todos.
No retrocedió.
Solo sonrió.
Luego...
Levantó un dedo.
Y tocó la frente de Aion.
Nada más.
Un solo toque.
Una pequeña gota cayó al suelo.
Todos quedaron inmóviles.
Era...
Sangre.
Sangre divina.
El primer dios...
Había sangrado.
Los once dioses dejaron de respirar.
Umbra sonrió.
—Ya empezó.