Aquella noche...
Kael caminó hasta el árbol de Orion.
Se sentó.
Como hacía cuando era niño.
Intentó recordar...
El rostro de su madre.
No pudo.
Frunció el ceño.
Intentó recordar su voz.
Nada.
Solo silencio.
Entonces comprendió.
El Réquiem...
Había tomado uno de sus recuerdos.
Umbra apareció detrás.
—Te lo advertí.
Kael cerró lentamente los ojos.
—Cada vez que abra esa puerta...
Voy a olvidar algo.
Umbra asintió.
—Un recuerdo.
Un sentimiento.
O un fragmento de quién eres.
Hasta que...
Solo quede el Fundador.
Kael permaneció varios minutos en silencio.
Después...
Sonrió.
No una sonrisa de locura.
Una sonrisa tranquila.
Y dijo una frase que hizo incluso a Umbra guardar silencio.
"Si olvidar quién soy..."
Miró el árbol.
"...es el precio para que ningún niño vuelva a perder a su familia..."
Levantó lentamente la cabeza.
Sus ojos brillaban con una determinación absoluta.
"...entonces olvidaré mi nombre las veces que sean necesarias."
Umbra bajó la mirada.
Por primera vez...
No vio al Fundador.
Vio al niño.
Al mismo niño que había prometido construir un mundo mejor.
Y, por primera vez desde el nacimiento del universo...
La propia Muerte...
Sintió respeto por un humano.
En ese instante...
En un lugar desconocido...
Un hombre abrió lentamente los ojos.
Su cuerpo estaba cubierto de vendas.
A su lado...
Reposaba una espada de luz.
Una enfermera salió corriendo.
—¡Despertó!
El hombre observó el techo.
Y murmuró con una voz apenas audible...
"...Kael..."