Tharos desenvainó su espada.
Era enorme.
Cada centímetro estaba cubierto por antiguas runas.
Kael observó la hoja.
Después...
Miró a Mors Aeterna.
Sonrió.
—¿Sabes...?
Tharos arqueó una ceja.
—Durante años pensé que mi espada era mi fuerza.
Levantó lentamente el mango.
—Pero comprendí algo.
Clavó la espada rota contra el suelo.
Y dijo con una calma absoluta.
"Una espada solo es tan fuerte..."
Miró directamente al Dios de la Guerra.
"...como la mano que la sostiene."
En ese instante...
Arrojó a Mors Aeterna.
Todos quedaron en silencio.
Los Apóstoles gritaron.
—¡¡SEÑOR!!
Kael avanzó.
Sin espada.
Solo con sus puños.
Tharos comenzó a reír.
—¡¡JAJAJAJA!!
—¡Así se pelea!
Los dos desaparecieron.
Puñetazo.
Rodillazo.
Codo.
Patada.
Los golpes rompían el espacio.
La sangre caía sobre la tierra.
Pero ninguno retrocedía.
Hasta que...
Tharos logró conectar un puñetazo directo al pecho.
¡¡BOOOOOOM!!
Kael atravesó una cadena montañosa completa.
Su corazón dejó de latir por unos segundos.
El mundo quedó en silencio.
Entre el polvo...
Se escuchó una risa.
"...Je..."
Luego otra.
"...Jejeje..."
Y finalmente...
"JAJAJAJAJAJAJAJA..."
Tharos sonrió.
—Eres un maldito enfermo.
Kael salió caminando.
Con el pecho hundido.
Pero riendo.
"Mientras siga respirando..."
Escupió sangre.
"...todavía no has ganado."