La batalla llevaba horas.
Ambos estaban cubiertos de sangre.
Tharos respiraba con fuerza.
Era la primera vez...
En millones de años.
Kael apenas podía mantenerse de pie.
Umbra apareció detrás de él.
—No abras más el Réquiem.
Kael no respondió.
—Si llegas al veinte por ciento...
Perderás otro recuerdo.
Kael sonrió.
—Entonces...
Que se lo lleve.
Umbra apretó los dientes.
—¡Idiota!
—¡No entiendes!
—¡Llegará un día en que olvidarás incluso por qué luchas!
Kael permaneció en silencio.
Después levantó lentamente la mirada.
Y dijo una frase que dejó inmóvil incluso a Umbra.
"No importa."
Silencio.
"Si algún día olvido por qué empecé..."
Miró a Tharos.
"...espero que mis piernas recuerden seguir caminando."
Umbra cerró los ojos.
Por primera vez...
Comprendió que Kael era más fuerte que la propia Muerte.
No por su poder.
Sino por su voluntad.
Tharos levantó su espada.
La apoyó sobre su hombro.
Y sonrió.
No como un dios.
Sino como un guerrero.
—Kael...
Hoy no voy a matarte.
Los demás dioses lo miraron sorprendidos.
Aion frunció el ceño.
—¿Qué haces?
Tharos respondió sin apartar la vista de Kael.
—Si lo mato hoy...
Nunca sabré hasta dónde podía llegar.
Le dio la espalda.
Y comenzó a marcharse.
Antes de desaparecer...
Dijo una última frase.
"La próxima vez..."
Sonrió.
"...ven más fuerte."
Los dioses desaparecieron.
Kael cayó de rodillas.
Respiraba con dificultad.
Lyra corrió hacia él.
Lo sostuvo antes de que tocara el suelo.
Kael apenas abrió los ojos.
La miró durante unos segundos.
Sintió una extraña tranquilidad.
Sonrió levemente.
—Gracias...
Ella sintió que su corazón latía con fuerza.
No era compasión.
Era algo nuevo.
Algo que una diosa jamás había sentido.
Mientras sostenía a Kael entre sus brazos...
Comprendió que acababa de cruzar una línea de la que ya no podría regresar.
Y muy lejos de allí...
En una habitación iluminada por la luz del amanecer...
El hombre de cabello blanco tomó por primera vez su espada.
Miró el horizonte.
Y susurró:
"...Espérame, Kael."
La espada de luz brilló una vez más.