Esa noche...
Kael estaba sentado bajo el árbol de Orion.
Seguía sosteniendo la pequeña flor.
Lyra apareció.
Se sentó a su lado.
Ninguno habló.
Pasaron varios minutos.
Hasta que ella preguntó:
—¿Siempre eres tan serio?
Kael respondió.
—Antes no.
—¿Qué cambió?
Kael sonrió con tristeza.
—La vida.
Lyra bajó la mirada.
Después levantó una pequeña piedra.
La lanzó al lago.
—Yo nunca entendí a los humanos.
Kael la miró.
—¿Por qué?
—Porque viven muy poco...
Y aun así...
Siempre encuentran motivos para sonreír.
Kael respondió casi sin pensar.
—Precisamente porque vivimos poco.
El silencio volvió.
Lyra soltó una pequeña risa.
—Nunca pensé que aprendería filosofía de un hombre al que los dioses llaman monstruo.
Kael levantó una ceja.
—Nunca pensé que una diosa supiera lanzar piedras tan mal.
La piedra había caído a un metro de la orilla.
Lyra abrió mucho los ojos.
—¡Oye!
Tomó otra piedra.
La lanzó.
Volvió a fallar.
Kael...
Sonrió.
Pero esta vez...
Sonrió de verdad.
No aquella sonrisa aterradora.
No la sonrisa del Fundador.
Sino la del muchacho que había jugado con Aether bajo aquel árbol.
Lyra lo observó.
Y pensó algo que jamás creyó posible.
"Qué hermosa sonrisa..."
Entonces sintió miedo.
Porque una diosa...
No debía enamorarse.