En la Biblioteca del Origen...
Aion esperaba.
Lyra llegó.
Sabía por qué la habían llamado.
Aion habló sin rodeos.
—Te estás acercando demasiado al Fundador.
—Lo sé.
—Estás rompiendo las reglas.
—Lo sé.
—Te enamorarás.
Lyra permaneció en silencio.
Aion suspiró.
—Eso terminará destruyéndote.
Lyra levantó lentamente la cabeza.
—¿Sabes qué es lo curioso?
Aion no respondió.
—Durante millones de años...
He conservado los recuerdos de incontables universos.
He visto nacer y morir civilizaciones.
He visto a dioses caer.
Pero...
Nunca había visto a alguien luchar sabiendo que olvidará por qué lucha.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Cada vez que usa el Réquiem...
Pierde una parte de sí.
Y aun así...
Nunca duda.
Aion cerró los ojos.
—Ese es precisamente el problema.
Lyra preguntó:
—¿Cuál?
Aion respondió con una tristeza que ocultaba desde hacía eras.
—Que cuando llegue el día...
Ya no recordará tu nombre.
El mundo quedó en silencio.
Una lágrima recorrió el rostro de Lyra.
Pero sonrió.
Una sonrisa llena de dolor.
—Entonces...
Haré que cada día a su lado sea un recuerdo tan hermoso...
Que incluso si lo olvida...
Yo jamás lo haré.
Aion la miró durante unos segundos.
Y por primera vez...
No vio a una diosa.
Vio a una mujer.
Cuando Lyra salió...
Aion susurró para sí mismo:
—Ojalá... puedas cambiar el destino.