Habían pasado tres semanas.
Por primera vez en años...
Kael no había empuñado su espada.
Lyra insistió.
—Hoy no entrenas.
Kael la miró.
—Los dioses no descansan.
Ella sonrió.
—Pero tú no eres un dios.
Lo tomó de la muñeca.
—Hoy vienes conmigo.
Caminaron por una ciudad reconstruida.
Los comerciantes gritaban.
Los niños corrían.
Los músicos tocaban.
Kael observaba todo en silencio.
Era extraño.
Había salvado aquel mundo...
Pero nunca se había detenido a vivir en él.
Lyra compró dos panes dulces.
Le dio uno.
Kael lo miró.
—No tengo dinero.
Ella soltó una risa.
—Yo invité.
Kael dio un pequeño mordisco.
Se quedó inmóvil.
Lyra sonrió.
—¿Qué pasa?
—Hace años...
No probaba algo así.
Ella lo observó.
—¿Desde cuándo?
Kael respondió con naturalidad.
—Desde que murió Orion.
El corazón de Lyra se encogió.
Más tarde...
Llegaron a un pequeño festival.
Había faroles iluminando toda la plaza.
Un anciano tocaba un violín.
Varias parejas bailaban.
Lyra extendió lentamente su mano.
—¿Bailas?
Kael la miró como si hubiera escuchado la pregunta más absurda del universo.
—No sé bailar.
—Yo tampoco.
Los dos se quedaron en silencio.
Después...
Comenzaron a reír.
Era una risa sincera.
Simple.
Humana.
Por unos minutos...
El Fundador dejó de existir.
Solo quedó Kael.