La noche era tranquila.
Miles de estrellas cubrían el cielo.
Kael y Lyra estaban acostados sobre una colina.
Mirando el universo.
Lyra habló primero.
—¿Qué querías ser cuando eras niño?
Kael sonrió.
—Jardinero.
Ella giró rápidamente la cabeza.
—¿Qué?
—Orion tenía un pequeño jardín.
Yo quería uno igual.
Lyra comenzó a reír.
—¿El hombre que mató un imperio...
...quería plantar flores?
Kael respondió con calma.
—Sí.
Silencio.
Después preguntó.
—¿Y tú?
Ella cerró los ojos.
—Nunca tuve sueños.
Los dioses nacemos con un propósito.
No con una vida.
Kael permaneció varios segundos en silencio.
Luego dijo algo muy bajo.
—Eso es triste.
Aquellas palabras...
Golpearon más fuerte que cualquier espada.
Pasaron varios minutos sin hablar.
Hasta que Lyra preguntó:
—Kael...
¿Tienes miedo?
Él respondió sin mirarla.
—Sí.
Ella quedó sorprendida.
—¿De morir?
Kael negó lentamente.
—No.
Respiró profundo.
—Tengo miedo...
...de olvidar el rostro de las personas que amo.
Lyra sintió un nudo en la garganta.
Quiso decirle...
"Yo también quiero que me recuerdes."
Pero no pudo.
Solo apoyó lentamente su cabeza sobre el hombro de Kael.
Él no se apartó.
Ni dijo nada.
Solo permaneció allí.
Mientras el cielo seguía lleno de estrellas.