La gigantesca puerta blanca terminó de abrirse.
No salió una explosión.
No hubo música.
Solo...
Silencio.
Del interior caminaron cuatro figuras.
Una llevaba una balanza negra.
Otra una máscara sin rostro.
La tercera estaba envuelta por cadenas doradas.
Y la última...
Vestía completamente de blanco.
Ni siquiera los dioses levantaban la cabeza frente a ellos.
El Arquitecto habló.
—Ejecutores...
Ha nacido una anomalía.
El hombre de blanco preguntó con tranquilidad.
—¿Nombre?
—Kael.
El hombre sonrió.
—Entonces...
Primero observaremos.
Si puede salvar este universo...
No intervendremos.
Si fracasa...
Lo eliminaremos.
Mientras tanto...
Kael entrenaba.
Una espada de oscuridad aparecía y desaparecía en sus manos.
Cada movimiento era más preciso.
Más limpio.
Más letal.
Umbra sonrió.
—Estás mejorando.
Kael respondió.
—No.
Solo estoy recordando cómo pelear.
Umbra bajó la mirada.
Porque sabía...
Que esa frase tenía un significado mucho más triste de lo que Kael imaginaba.