Tres días después de la visita de Elyon...
El mundo parecía demasiado tranquilo.
Kael no confiaba en ese silencio.
Umbra apareció.
—Ya comenzó.
—¿Qué cosa?
—La prueba.
De repente...
Todo desapareció.
Lyra.
Los Apóstoles.
El bosque.
El cielo.
Solo quedó un inmenso vacío blanco.
Frente a Kael...
Elyon.
—Bienvenido.
Kael desenvainó Mors Aeterna.
—Pensé que no querías pelear.
—No quiero.
—Entonces...
¿Por qué estoy aquí?
Elyon levantó una pieza de ajedrez.
—Porque la guerra no siempre se gana con una espada.
Un enorme tablero apareció bajo sus pies.
Miles de piezas comenzaron a moverse solas.
Kael frunció el ceño.
—¿Qué demonios...?
—Este tablero representa el universo.
Cada pieza...
Es una vida.
Elyon levantó un peón.
—Si quieres salvar una ciudad...
Debes sacrificar otra.
Otro movimiento.
—Si quieres proteger un reino...
Morirá un continente.
Kael guardó silencio.
Elyon lo observó fijamente.
—Dime, Fundador...
¿Cuántos inocentes estás dispuesto a sacrificar para construir tu mundo?
Por primera vez...
Kael no tuvo respuesta.