Aquella noche...
Miles de estrellas iluminaban el cielo.
Lyra estaba acostada sobre el techo de la cabaña.
Kael apareció.
Sin decir nada...
Se sentó a su lado.
Permanecieron varios minutos observando el cielo.
Entonces...
Una estrella fugaz cruzó el horizonte.
Lyra sonrió.
—Dicen que si pides un deseo...
Puede cumplirse.
Kael respondió.
—No creo en esas cosas.
—Hazlo de todas formas.
Él cerró lentamente los ojos.
Solo unos segundos.
Después volvió a abrirlos.
Lyra sonrió.
—¿Qué pediste?
Kael respondió.
—No puedo decirlo.
—¿Por qué?
—Porque dejaría de cumplirse.
Ella hizo un pequeño puchero.
—Qué aburrido.
Kael soltó una risa muy baja.
—¿Y tú?
Lyra miró nuevamente el cielo.
—Pedí que algún día...
Aunque olvides mi nombre...
Tu corazón siga encontrando el camino hacia mí.
Kael no escuchó esas últimas palabras.
Porque el viento se las llevó.
Pero...
Por alguna razón...
Su mano terminó muy cerca de la de Lyra.
Ninguno de los dos la apartó.