Euforia y abundante alcohol; protagonistas de la mayoría de
las noches de Gédmun. Si fuera por él invertiría no solo las noches, sino el resto del día también para volver
interminable estar acompañado entre cuatro paredes. Solía
despertar en casa de mujeres con las que solo había intercambiado dos o tres palabras antes de que le
presentaran su dormitorio. No tenía la costumbre de hablar mucho con ellas. Lo que le interesaba realmente era conquistarlas y terminar disfrutando de una vibrante y arrolladora intensidad. Era muy desenvuelto en cuestiones
del “amor”. Mal llamado amor, porque Gédmun no le entregaba su corazón a nadie. Nunca se había enamorado. Era todo un conquistador y a eso habría que sumarle su gran atractivo físico y su envolvente labia que endulzaba el oído de las féminas con facilidad tremenda. Estas se volvían locas por él y él por ellas, aunque fuera solo por unas horas. Nunca desaprovechaba una oportunidad porque eso era “vivir la vida”, según su percepción. Además, nunca volvía a ver a aquellas que tomaba como amantes. Solo pasaban
juntos una noche y ya, solo eso. Siempre mantenía oculta su
identidad como príncipe de Járess. Esto lo hacía por precaución. Ese ritmo tan agitado que llevaba podría desencadenar problemas para él y su familia. No le convenía
para nada que alguna mujer se presentara en el Castillo Real
diciendo que estaba embarazada de él. Por eso les comentaba que era alguien muy atareado por cuestiones de trabajo y que debido a eso viajaba de aquí para allá por lo que no tenía tiempo para una relación formal, solo diversión.
Estas jóvenes le creían porque no lo conocían y nunca lo habían visto personalmente en su papel de aristócrata, ya que solía hacer muy pocas apariciones públicas oficiales.
Una mañana cuando regresaba a su casa vio a una joven
hermosísima acompañada de una señora que parecía ser
una parienta. La chica caminaba muy coqueta por toda la
calle. Se contoneaba a propósito para que los hombres la
miraran y lo conseguía. Hasta él lo hizo y quedó
deslumbrado por su belleza. La mujer que iba a su lado la
regañó en voz baja por dicho comportamiento y ella solo
sonrió con picardía. Gédmun notó una fogosidad y un
desparpajo en ella que no solía ver muy a menudo en una
mujer. Muchas de las chicas que conocía actuaban muy
recatadas en público; pero eran todo lo contrario cuando
estaban a solas. Mas sin embargo, de esta desconocida
exudaba una desenvoltura natural. Parecía tal cual y eso le
gustó. Trató de no tardar en volver a su casa. La noche
anterior su padre le había dicho que tenía que conversar con
él sobre algo importante. No tenía idea sobre qué era esa
charla, aunque no estaba muy intrigado.
Generalmente su padre Sorfael no tenía nada importante que decirle. Para este solo era relevante beber y divertirse con alguna damisela disponible. Nunca fue un rey dedicado a sus labores. En el fondo ninguno de sus súbditos lo
respetaba. La mayoría le reprochaban en su ausencia su
actitud despreocupada. Todo esto y mucho más hicieron que su esposa Ziírle perdiera todo el interés y amor que sintió por él en el pasado. Lo único que los mantenía unidos
era un certificado matrimonial. Su corazón ya no latía por él, los sentimientos ya no estaban y solo le quedaba la intención de mantener el lugar que le correspondía como monarca y una muy competente, por cierto. Pensaba que la separación definitiva solo iba a jugar en su contra y no iba a arriesgar su labrada posición ni dejarla a disposición de ninguna otra mujer por no soportar lidiar más con Sorfael. Ella podía manejarlo muy bien por muy molesto que le
resultara a veces. No quería darle la satisfacción ni se quería rendir. Consideraba que era su mejor opción, y no solo con respecto a su matrimonio, sino en la vida en general. La actitud de casanova era algo que Sorfael le inculcó a
Gédmun y a su otro hijo Brémor desde adolescentes, cosa que Gédmun aceptó en un intento de emularlo y no defraudarlo. Era simplemente un chico queriendo ser como su papá y este quería que siguiera sus pasos. Compartían
semejanzas; pero también diferencias. Una versión ¿mejorada quizás? En el caso de su hermano no tuvo la misma repercusión.
Este no asimiló tales enseñanzas. Le parecían estúpidas y vacías. Además, era testigo del sufrimiento silencioso de Ziírle debido a las acciones de su padre. Este la irrespetaba constantemente. Sorfael si la llegó a amar fue de manera muy superficial. No servía para estar solo con una mujer por
el resto de su vida. Brémor comenzó a sentir rencor por su
padre y por su hermano y esto trajo como consecuencia una casi nula relación de su parte para con ellos dos. Este sentimiento creció con el tiempo. No entendía cómo no
veían lo destructivo que podían llegar a ser esas posturas. Gédmun sabía la mala relación que existía entre sus padres; pero siempre abogaba por Sorfael, ya que este nunca lo sermoneaba, nunca le exigía nada y por eso se acostumbró al desenfreno que ya conocía. Su madre por el contrario
siempre trató de hacerle entender que esas actitudes no le iban a hacer ningún bien; pero él siempre ignoraba eso. Creía que ser como su papá era increíble y mucho más si servo tratar de ser como su padre le hacía conseguir lo que
quería. Sorfael siempre se jactaba de eso, se sentía orgulloso, incluso. Le aplaudía y le divertían sus anécdotas picarescas; pero a Ziírle y a Brémor no. Este se sentía herido
por la evidente preferencia de su padre por su hermanovmenor. Estos pensamientos los solía compartir con Ziírle, quien siempre lo escuchaba y aconsejaba. No era su
verdadera madre; pero lo crió como si lo fuera, ya que su madre biológica murió cuando él solo tenía seis meses. Él la quería como una madre, la llamaba así, de hecho. Eran muy cercanos; por eso le molestaba tanto la forma de actuar de su papá y hermano porque la lastimaban y a él le dolía verlo. Estos temas de familia parecían no tener fin y solo servían
para socavar más y más la autoestima de ambos. Una vez llegado al Castillo Real, Sorfael y Ziírle lo esperaban en una de las amplias terrazas de la edificación. Sorfael con su acostumbrada copa de bebida en la mano; aunque esta
vez estaba sobrio, aún no había empezado a emborracharse. Ziírle lo observaba muy enojada.
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Editado: 19.04.2026