Furor, dolor y mágica conmoción

Segunda parte

Trascurridos veinte minutos se dejó oír el sonido de las trompetillas que anunciaban la llegada de la esperada visita. Dos guardias condujeron a la realeza de Yemakel al salón del trono donde Sorfael, Ziírle y Gédmun aguardaban.

—Buenas ¿tuvieron un buen viaje? —preguntó Sorfael.

—Bastante bien. Un poco desacostumbrados a este
excesivo calor; pero bien —dijo Durfaus.

—Sean bienvenidos, estamos encantados de que estén aquí.
—dijo Ziírle.

—Nosotros también —dijo Seíma.

—Este es Gédmun —dijo Sorfael —Es un tesoro el muchacho. Es de oro, princesa.

—Mucho gusto majestades…un placer conocerte princesa Frídais.

—Hola —dijo Frídaís con timidez.

—¿Por qué tan tímida, hija? —dijo Seíma.

—Madre, por favor.

—Debe estar cansada por el viaje, seguro es eso ¿Te gustaría descansar un rato? —dijo Ziírle.

—Sí, me gustaría.

—Descansa, por la noche habrá una fiesta—dijo Sorfael —. Mi hijo baila muy bien…estoy seguro que se divertirán mucho ¿no es así, Gédmun?

—Claro, por supuesto…luego nos vemos, princesa Frídais.

—Lo de princesa está de más, no hace falta formalidades. —expresó Seíma.

—Sorfael, mi esposa y yo tenemos que hablar contigo de algunos asuntos antes de la fiesta —dijo Durfaus.

—Sí, acompáñenme a la sala de reuniones —dijo Sorfael.

—Enseguida estoy con ustedes —dijo Ziírle mirando fijamente a Sorfael.

—Pues claro —dijo tratando de disimular su apatía.

—Ven, Frídais, te enseñaré tu habitación.

Subieron las escaleras y atravesaron por un pasillo donde
había unas bonitas piedras rotál en forma de figuras geométricas incrustadas en la pared.

—Escucha…—dijo Ziírle.

—Dígame, su alteza.

—Nada de “su alteza”, para ti soy solo Ziírle.

—Está bien, disculpe.

—No tienes que pedir disculpas. Sé que estás muy nerviosa.

—Sí, lo estoy.

—Es normal, sobre todo cuando te presentas ante la familia de tu ¿futuro esposo?

—Bueno, el príncipe fue educado conmigo; pero creo es pronto para hablar de eso.

—Sí, es obvio.

—… ¿Hay alguna biblioteca aquí?
—¿Biblioteca? Sí, aunque es pequeña ¿Te gusta leer?

—Sí, es mi pasatiempo favorito.
—Yo leo, no tanto como tú al parecer; pero de vez en cuando
visito la biblioteca. Cuidar de un país requiere de tiempo y esfuerzo.

—Espero no tener que sacrificar mis aficiones si alguna vez me vuelvo gobernante de un país.

—Ser reina es una labor agotadora; pero estoy segura de que harás un increíble trabajo y más con el conocimiento que brinda la lectura. Serás una reina muy cultivada.

—Trataré.

—Descansa. Nos vemos en la fiesta.

Al caer la noche el Castillo Ruzárch se trasformó en un deslumbrante espacio para todos los presentes. El color coral sumergía el lugar en un atrayente festín visual. Era algo
tan despampanante. Los invitados no dejaban de hablar del agradable e impecable diseño.

—A todos les está gustando la decoración. Buen trabajo, debo decir —dijo Sorfael.

—¿Un cumplido? No lo creo. Debe ser el efecto de estar sobrio por unas horas ¿no? —comentó Ziírle con ironía.

—Muy graciosa. Eres buena organizando eventos

—Sí, me complació volver al castillo un sitio de ensueño.

—Que todo sea para dar una buena impresión a los reyes de Yemakel. Por lo que veo son super perfeccionistas.

—Sí, yo también pude verlo ¿No notaste como le indicó a aquella joven cocinera que los platillos que sirvió aunque eran deliciosos, estaba bastante condimentados?

—¿A cuál cocinera?

—Ella, la nueva. Creo que se llama Yiandre.

—Humm, más le vale a Gédmun no poner los ojos en ella con la eminencia de Yemakel aquí.

—¿De qué hablas? No he visto a Gédmun con ella.

—Nuestro hijo tiene debilidades por la belleza femenina. No digo que las feas no tengan oportunidad con él; pero en fin. Vaya preciosidad.

—Tú como siempre, apreciándolo todo.

—No tengo problemas en la vista, reina Ziírle.

—Está más que claro —dijo irónica mientras miraba hacia arriba.

Vio aproximarse a Brémor hacia ella. Alcanzó su hombro con la mano y él le dio un abrazo.

—Te tardaste.

—Casi no vengo.

—No me digas. No estuviste en el recibimiento que se le hizo a los reyes de Yemakel e ¿ibas a faltar a esta celebración también?

—Es mi hermano quien va a cortejar a la princesa Frídais, no yo. No entiendo de que podía servirme haber estado ahí.

—Presentar un frente unido, apoyar a tu hermano, por ejemplo –agregó Sorfael.

—Ustedes son los verdaderos interesados en que la unión de ellos se consolide, especialmente tú, padre.

—Yo no estaba interesada al principio; pero Frídais parece
una buena muchacha.

—Parece muy distinta a las mujeres con la que Gédmun se suele involucrar. Me pregunto si esa peculiaridad será suficiente para llamar su atención y mantenerla —dijo Sorfael.

—Pues buena falta le haría. Por cierto ¿por qué tarda tanto?—preguntó Ziírle.

Frídais estaba acabando de alistarse. Vestía un espectacular vestido rosa pálido que contrastaba con los alrededores. Salió de su alcoba y se disponía a bajar al salón principal cuando vio a Gédmun cerca de las escaleras.

—Ese vestido te sienta muy bien.

—Príncipe Gédmun.

—Dime solo Gédmun.

—¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar ya en el salón?

—Estaba esperándote; pero si no quieres…

—No, no, es un gesto muy bonito de tu parte, gracias.

—Entonces ¿vamos?

—Sí.

Gédmun le tendió la mano como el caballero galante que era y ella accedió medio sonrojada. Él percibió el rubor en sus mejillas e hizo mención de ello. Ella sonrió y esta vez no por complacencia, sino por agrado genuino. Gédmun sabía
cómo hacer sentir cómodas a las mujeres. Cuando llegaron al salón todos aplaudieron. El rey Sorfael le indicó a los músicos que comenzaran a tocar.

—Todo está…impresionante. No tengo ninguna queja —dijo Seíma.




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