Furor, dolor y mágica conmoción

Tercera parte

Feilux estaba sentado en el techo de su casa pensando en cómo su vida profesional se había arruinado por los modos volubles de un rey incompetente. Quería hacer algo al
respecto; aunque sabía muy bien que “hacer algo al respecto” podría traerle serios problemas. Lo sabía muy bien; pero aun así se iba a arriesgar. Estaba decidido a darle
una lección a Sorfael. Lo odiaba, por eso decidió hacer un viaje al cabo de dos días a la base oficial de Las Repúblicas de Vrímyol, ubicada en Notvak, capital de Frinzil. En estos países la monarquía fue disuelta años atrás, debido a su minúscula notoriedad e influencia, por eso se eligió un gobernante que representara a estas diminutas repúblicas. Las mismas contaban con una población muy reducida. El
índice demográfico total de estos países era de cuatro millones. Feilux se sorprendió por el aspecto tan simple y opaco de ese lugar a diferencia de las prolíferas y
exuberantes Járess y Yemakel. No era un sitio esplendoroso, nunca lo fue en ninguna área. Feliux quería
prestarles sus servicios a Kerveles, quien era el máximo representante de esos territorios. El ex financista buscaba venganza y esperaba que Kerveles le interesara aliarse con
él, ya que este siempre desdeñó la exclusión de Frinzil, Liramó, Chaule y Nalifu de los Cimuents, que devenía de que los Vrílimas: la magia hecha materia (por decirlo de algún modo) no eran originarios de estas naciones. Kerveles se
opuso siempre a esto, ya que en Las Repúblicas también abundaba la magia y podrían ser buenas opciones, al igual que en Járess y Yemakel. Dio muestras de su inconformidad ante una comisión de hechiceros y los actuales monarcas de Járess y Yemakel; pero ninguno de ellos vio factible su
petición, debido a que era una decisión instaurada y arraigada desde muchísimo tiempo atrás y ellos no se consideraban con el derecho ni la potestad para romper con lo estipulado. Aunque realmente la pretensión real y oculta detrás del desacuerdo de Kerveles era que el auge que
Járess y Yemakel tenían… lo beneficiara a él y solo a él. Sus
planes frustados y el rotundo sacaron afuera su verdadero
sentir y su desinterés y despreocupación por el bienestar de Las Repúblicas y sus habitantes se hizo evidente por vez primera. Fue un poco complicado para Feilux que se le concediera una audiencia con Kerveles. Tuvo que insistir mucho para que pudieran dejarle hablar con él. Kerveles decidió platicar con Feilux, quien le resultó bastante familiar.

—Oye…yo te he visto antes.

—Sí, soy miembro de la Corte Real de Járess, quiero decir, lo era.

Feilux reparó en una barra de metal puntiagudo y carmelitosa que Kerveles tenía incrustada en su brazo.

—¿Qué miras?

—¿Te duele?

—¿Me duele qué?

—Eso, lo que tienes en tu brazo.

—Antes sí, ahora ya no. Es solo algo representativo de mis poderes.

—No quisiera estar entre tú y tus poderes.

—Entonces no lo estés —dijo Kerveles mirándolo fijamente —
¿Y qué hace un ex-miembro de la Corte Real de Járess aquí?

—Quiero ayudarte a derrocar a Sorfael ¿te acuerdas de él?

—Por supuesto ¿cómo olvidarlo? Con toda su actitud de superioridad, pero ¿qué te hace pensar que quiero
derrocarlo?

—Bueno, después de la denegación de tu propuesta me imagino que eso no te debe haber sentado nada bien.

—Es cierto, ¿y cuáles son tus motivos para hacerlo caer?

—Porque él es un pésimo rey y me despidió por una tontería. Me hizo jurar que no le comentara a nadie lo que había pasado ¿Qué opción podía tener? Si yo pisaba en falso, sería mi fin.

—¿Así que es un pésimo rey?

—Lo es. Me da pena con su esposa Ziírle. Ella no es como él; pero tiene que convivir con ese bueno para nada. Su hijo mayor Brémor es también alguien de admirar. Gédmun, el hijo más pequeño, bueno, en fin, solo sabe romancear,
aunque no se compara con su padre. Él es el verdadero
problema.

—¿Qué puesto ocupabas en la Corte Real?

—Era financista.

—Vaya ¿y te despidió a ti que supervisabas un área tan esencial como las finanzas de todo un país? Sorfael tiene que estar loco.

—Ninguna locura. Él sabe muy bien lo que está haciendo, aunque lo único que haga bien sea errar. Me destituyó porque le hice una pequeñísima observación, solo eso; pero se lo tomó a la tremenda y terminé en la calle. Quiero que la
lección que le toque sea tan pero tan sutil que ni siquiera lo pueda sentir. Quiero hacerle creer que está tomando decisiones correctas para cuando surjan nuevas dificultades
por su causa no haya vuelta atrás. Pero, no puedo hacerlo solo, necesito tu ayuda y tú la mia para poder adentrarte allí.

—¿Vamos a conspirar para lograr justicia…o venganza?

—Justicia, venganza, da igual.

—Ok, acepto. De hecho, me has dado una idea donde mis
habilidades como hechicero y tus conocimientos en el mundo de las finanzas encajarían a la perfección.

—¿Cuál es la idea?

—Járess tiene un líder que no hace lo que debería y se uede usar eso a nuestro favor ¿no? Entonces pretendo entrenar a alguien para que se infiltre en el castillo.

—Excelente.

—¿No sentirás remordimientos de que lo que está a punto de suceder afecte a Ziírle y a sus hijos?

—No quiero lastimar a ninguno, de verdad. Sus vidas deben ser preservadas. Todo esto es por un bien mayor. El pueblo de Járess no merece tener un rey tan inconsciente e incompetente.

—Bueno, como quieras. Para mi, sus vidas no significan nada. Si de pronto algo sale mal…

—Aunque así sea, no es necesario… ¿tú los odias?

—Odio el nacionalismo estúpido que comparte con Yemakel
y que no quieran hacer nada al respecto. Vrímyol es mucho
más que Járess y Yemakel.

—Entiendo. Será mejor que no nos tardemos más —dijo Feilux.
Kerveles le entregó una cuantiosa cantidad de dinero a Feilux con el propósito de sobornar a algún guardia del rey a cambio de información sobre los posibles movimientos de Sorfael para su sustitución. Feilux viajó de vuelta a Járess y se reunió en secreto con un guardia, quien le comunicó que
los monarcas se reunirían con un experto en finanzas. Feilux lo mantuvo como informante por el precio correcto, obviamente. Tenía que tener oídos y ojos amigos dentro del castillo, pendiente a cada paso que dieran los monarcas.
Además, le pagó para que encontrara al sujeto y lo matara uego de que escribiera una excelente carta de recomendación para un tal Guilós, quien iba a ocupar su lugar en esa importante entrevista. El sujeto imploró por su
vida; pero fue en vano, acabó muerto. Al cabo de los días Feilux volvió a reunirse con Kerveles y conoció a Guilós.




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