Furor, dolor y mágica conmoción

Cuarta parte

Dos días después Sorfael convocó nuevamente una reunión para darle seguimiento al nuevo plan. Todos
estaban allí reunidos en la oficina menos Guilós. Ziírle salió del salón de reuniones apurando el paso después de que un guardia entró a la sala y le dijo en voz baja algo alarmante. Buscaba a Sorfael. Este se dirigía a la reunión.

—Sorfael…tenemos que hablar —dijo Ziírle.

—¿Qué pasa? Tienes una cara...

—Ahora.

—¿Hablar de qué? Ya va a empezar la reunión.

—Olvida eso.

—Está bien, está bien.

Ziírle fueron a su habitación para evitar que se escuchara lo que estaba a punto de decir.

—¿Qué sucede?

—Me acabo de enterar que la bóveda fue robada. No queda ni un solo centavo. Alguien se llevó el dinero.

—¿Pero…cómo pasó eso? ¿Y los guardias no vieron nada?

—Vieron a un sujeto, pero no lo reconocieron, no les dio tiempo, todo fue muy rápido. Atacó a los guardias. Uno murió y el otro quedó gravemente herido y se desmayó. Me dijo que cuando despertó no había rastro alguno de dinero.
Aunque hubo una cosa que me intrigó de lo que dijo.

—¿Qué dijo?

—En medio de la pelea, dijo algo así como lo que viene.

—¿Lo que viene?

—Ajá.

—Qué curioso, Guilós dijo eso mismo un día.

—¿Sí? No recuerdo.

—Fue Guilós. Él tomó el dinero.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Él es el único que no está aquí y pasa esto…¿coincidencia? Algo me dice que no.

—No puede ser…

—Yo sí creo que lo hizo, algo me dice que fue él y debe haber usado magia para mover esa cantidad de dinero. Lo que no sé es si es magia propia o adquirida. Sorfael comenzó a agitarse y a caminar con desesperación de un lugar a otro.

—Esto es muy grave ¿sabes lo que significa? ¿cómo vamos a recuperar todo ese dinero? Esa pérdida de dinero va a sacudirnos. Invertimos mucho dinero en ese proyecto. Esa
bóveda era a prueba de magia precisamente para evitar algo así y ahora resulta que ni eso fue suficiente para evitar un robo.

—Sí Guilós fue el causante de esto, nos engañó desde el principio. Fue nuestra culpa. Teníamos que haber sido más prudentes; aunque todo indicara que las cosas marchaban
bien. Imbécil de quinta. Menos mal que no hemos anunciado el proyecto públicamente. Hubiera sido un desastre. Ahora no tenemos nada de presupuesto.

—Bueno, al menos eso no pasó por causa mía.

—¿Eso es lo que realmente te preocupa ahora?

—Claro, me has amenazado antes con quitarme del trono. Si
hubiese sido parte del motivo de la desaparición del dinero hubiera sido la oportunidad que necesitabas para librarte de mi.

—Es extraño…como sucedió todo —reflexionó Ziírle.

—Sí, también lo creo…Guilós hizo un excelente trabajo; pero era obvio que lo hizo con las peores intenciones. Alguien más está detrás de todo esto.

—¿Quién podría estar detrás de todo esto?

—Feilux.

—¿Feilux?

—Sí, piensa. Él fue recientemente despedido y no me sorprendería si siente rencor hacia mi. Así que de seguro contrató a Guilós para que ocupara el lugar de Lojez.

—Pero…las cartas que nos enseñó Guilós no eran falsificaciones, eran reales.

—Sí; pero estoy seguro que Lojez tuvo que escribirlas y firmarlas bajo coacción. Después de eso se deshicieron de él. Es la opción más lógica para no dejar rastro.

—Feilux ¿un asesino?

—No sé si asesino; pero estoy seguro de que está involucrado en todo esto. Dejó que sus emociones sacaran lo peor de él. Esto es un desastre… que no sé si vamos a
poder solucionar. Que clase de malnacidos, juro que si me los topo soy capaz de matarlos con mis propias manos. Mald…

Un dolor repentino impactó el pecho de Sorfael. Este se quejó y se dobló un poco. Le dolía.

—Sorfael ¿estás bien?

—Me ha dado una punzada en el pecho.

—¿Te duele?

—Solo un poco.

—Ve a la cama…voy a cancelar la reunión.

—¿La cancelarás?

—Sí, es lo mejor. Ya veremos que solución buscamos.

Sorfael se dirigió a su cuarto. En uno de los pasillos dos cocineras hablaban sobre un rumor que estaba comenzando a esparcirse por el castillo. Un rumor que
involucraba a Gédmun y a Yiandre. Alguien los había visto juntos en el bosquecito. Sorfael las escuchó conversando. Lo que oyó no le gustó nada, por eso fue a buscar a Gédmun para hablar en privado con él. Una vez que estaban en la
alcoba de Sorfael, este decidió comentarle sobre el tema.

—¿Tienes un romance con una de las cocineras?

Gédmun tragó en seco.

—¿Cocinera?

—Sí, con Yiandre, creo que ese es su nombre. Alguien te vio charlando con ella con mucha confianza.

—Papá…

—¿Entonces? ¿es cierto?

—Sí; pero…

—Tienes que dejar de verla. Olvídala.

—Ya hice eso; no voy a verla más; pero ¿porqué…de repente ese comentario? Nunca has estado en contra de que tenga amantes.

—Esta vez es diferente.

—¿Diferente por qué? ¿Porque estoy casado con Frídais?

—Exactamente.

—…Estás preocupado porque ella se entere ¿no? y se lo diga a sus padres y pierdas la posibilidad de recibir cualquier tipo de ayuda de parte de ellos ¿Es por eso que me dices todo esto?

—¿Y no es obvio?

Gédmun vio a su padre un poco agitado. Estaba pálido y su
respiración era jadeante.

—Papá ¿sucedió algo malo?

—Después seguimos conversando. Déjame descansar, por favor.

—Está bien; pero tu actitud es muy extraña.

Gédmun salió del cuarto y Sorfael se acostó en su cama. El dolor esta vez fue más fuerte. Se sentía como golpes y llegó un punto que los latidos de su corazón se hicieron cada vez más imperceptibles…hasta que ya no hubo ninguno. Un
infarto súbito causado por el estrés de la noticia recibida había hecho que Sorfael partiera. Ziírle volvió a la media hora a su habitación para ver como estaba y lo que se encontró fue su cuerpo frío e inerte, del cual se había escapado todo
gota de vida. Ziírle lo sacudió violentamente por los hombros para ver si reaccionaba. Al ver que nada pasaba salió corriendo del cuarto y buscó a sus hijos para darles la noticia. Los tres se echaron a llorar. Las desigualdades que existían entre Sorfael, Ziírle y Brémor no encontraron sitio en ese instante. Ninguno se alegraba su muerte, a pesar de no ser una magnífica persona. Gédmun fue el que más le sacudió este fatídico incidente. No se separó del cuerpo de su padre ni en el velorio ni en el entierro. Se quedó por varias horas más en el cementerio, con la cabeza gacha sobre su tumba. Los miembros de la Corte Real, Frídais, el rey y la reina de Yemakel fueron testigos de todo este sufrimiento.
Sorfael nunca fue alguien agradable, más bien despreciable; pero aun así el descenso de un rey no era algo que se tomara a la ligera. Era un asunto serio. Ese día vio llover intensamente en compañía de vientos, truenos y
relámpagos. Lucía tan triste como el alma de los dolientes… pero algo positivo trajo este suceso. Gédmun y Brémor hicieron una tregua y se comprometieron a dejar de discutir
para darle tranquilidad a su madre y prefirieron recordar y quedarse con los últimos momentos de buen desempeño y actitud de Sorfael. Querían quedarse con esa imagen, pues era mucho mejor que la que conocían. Ziírle le contó a Gédmun y a Brémor lo que había sucedido con el dinero del proyecto. Estos se quedaron atónitos.




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