Me había quedado demasiado tiempo bajo la nieve esa noche. Finalmente él había decidido salir conmigo. Quedamos de vernos en la estación. Llegué una hora antes de la hora acordada. Estaba muy nerviosa y pensaba en las palabras que iba a decirle, los agradecimientos y todo lo que había hecho por mí hasta ese día.
Veía mis manos enguantadas, aquel hermoso vestido blanco que le rogué a mi mamá que me lo comprara, descontándome una parte de mi mesada hasta pagarlo. Usé un suéter amarillo claro que mi mejor amigo me regaló para esta noche especial e incluso arreglé mi cabello en una estética que creía era solo para personas ricas y famosas.
Revisé muy nerviosa mi celular. Solo había pasado media hora y faltaban otros treinta minutos para la cita. Las parejas caminaban tomadas de las manos, hablaban entre ellos. Hubo un par de parejas que se besaban frente a mí, haciéndome sonrojar al imaginar que dentro de poco estaría así.
El cielo se fue oscureciendo poco a poco y las parejas iban disminuyendo. La nieve empezó a caer. Vi mi celular y ya había pasado una hora desde la última vez que revisé el teléfono.
—No ha llegado… ¿le habrá pasado algo?
Vi el cielo nocturno. Era gris y la nieve se acumulaba a mi alrededor. Traté de llamarlo, pero no hubo respuesta de su parte. Le mandé un par de mensajes, pero tampoco hubo respuesta.
Quise ir a buscarlo pensando que algo malo le había pasado, pero mis piernas estaban congeladas, entumidas, no podían moverse de ahí. Sin darme cuenta, la mirada se me puso borrosa. Respiraba agitadamente por la boca y la nariz se me tapó. Quise gritar pero mi voz no salía.
Recuerdo haberme ido a un lugar, una especie de parque donde me puse a llorar desconsoladamente. Unos perros callejeros que estaban cerca se acercaron a mí. Mi hermosa ropa estaba mojada por la nieve derretida. Temblé un poco y con mis pocas fuerzas, tuve que dejar a los perros en su parque.
Apenas entré a mi casa, mi madre me dijo algo desde la sala, pero no la escuché porque me apresuré a ir a mi habitación a ocultarme bajo las mantas, escuchar música o hacer algo que me hiciera olvidar este trago amargo.
Pero mi mente solo recordaba su sonrisa, las veces que me ayudó en el club de basquetbol, esas invitaciones que nos hacíamos para ir a otros lugares como las plazas comerciales y demás. La vez que me enamoré de él cuando me defendió de unos chicos que me molestaron.
—Eres una tonta, Natsuko… era obvio que él no te quería de esa forma…
Me quedé dormida esa noche sin cambiarme de ropa, temblando fuertemente.
Solo recuerdo las luces de una ambulancia afuera de mi casa y de ahí, nada más.
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Editado: 30.10.2026