La embarcación se perdió en la línea del horizonte, desvaneciéndose en la inmensidad del azul profundo, y en ese vacío donde la vista ya no alcanzaba, el reino halló por fin la justificación de su anhelo más hondo: el despertar de su destino marítimo.
A la cabeza de aquella nave marchaba el príncipe Caronteo, hermano del rey Prometeo, quien le había confiado personalmente el peso de comandar la misión.
Sin embargo, las semanas transcurrieron hasta convertirse en meses de un silencio sepulcral, donde la incertidumbre comenzó a carcomer el puerto de Gadir.
Fue entonces cuando surcó el cielo la silueta solitaria de un ave mensajera, portadora de un pergamino que traía alivio y revelación:
«Hemos llegado a un territorio de arena infinita, donde la sombra perdió la batalla contra la luz y el fuego del sol radiante es el único soberano de este vasto paraje».
— Firmado: Caronteo, príncipe de Gadir.
Por primera vez en la historia, un mensaje había logrado atravesar el estrecho que separaba la isla del continente; por primera vez, un hijo de Gadir había impreso sus huellas en tierras continentales, adentrándose en la crudeza silenciosa del desierto.
A los pocos días de la misiva, la nave recortó su perfil contra la costa, retornando al puerto para clausurar con gloria su periplo, sin una sola baja que lamentar y con la íntima satisfacción de haber consumado el viaje fundacional consagrado por la Savia.
Para honrarlos, el rey Prometeo recibió a los cincuenta pioneros en su salón principal, un recinto bañado por el fuego de las antorchas donde organizó un banquete memorable para celebrar el hito que inauguraba, de cara a la eternidad, el reino de los mares.