Gadir "Reino de los Mares"

4. La Travesía

El periplo había avanzado con pulso firme, devorando gran parte del contorno continental hasta alcanzar el extremo norte.

Allí, en las aguas del mar Origo Aque —que hasta entonces se había mostrado dócil y manso, meciendo a las naves con una falsa sensación de seguridad—, el ambiente cambió de golpe.

El aire se tornó pesado, cargado de una electricidad estática que erizaba la piel de los marinos.

​Al despuntar el alba, el continente advirtió de su presencia con una furia sorda: desde la cima de una imponente cadena montañosa, un volcán colosal comenzó a vomitar columnas de gases densos y ceniza negruzca que mancharon el cielo.

Los intrépidos navegantes, atónitos ante la magnitud de aquel titán de piedra y fuego, apenas tuvieron tiempo de asimilar el paisaje.

​Desde el mirador de la nave insignia, el grito desgarrador cortó la brisa marina:

​—¡Dragón! ¡Dragón a la vista!

​La calma se quebró en un segundo.

Los hombres corrieron hacia la borda de babor, conteniendo el aliento al ver cómo la silueta monstruosa de una bestia alada se agigantaba, volando con una elegancia letal para examinar de cerca a los intrusos.

Pero el terror se duplicó cuando, al mirar hacia estribor, la tensión estalló: dos criaturas de idéntica magnitud cortaban el cielo por el flanco opuesto, flanqueando la flota en un silencio absoluto.

​Los tres dragones realizaron un sobrevuelo rasante, rozando con el viento de sus alas las velas de las naves, antes de perderse con rumbo hacia el interior del continente.

Esa noche, el sueño se desvaneció en las cubiertas.

La vigilia se estableció como una ley inquebrantable, con los hombres turnándose con las armas apretadas, temiendo que las bestias retornaran para probar el poderío de su fuego.

​Dejando atrás la zona volcánica, fijaron rumbo sur.

Las aguas cambiaron de humor; el mar comenzó a embravecerse, golpeando los maderos con furia a medida que la costa se transformaba en una franja de vegetación espesa y salvaje, una selva impenetrable que no mostraba rastro alguno de civilización humana.

​Mientras las olas ponían a prueba la temple de los marineros, en la popa de la Reina Savia, el príncipe Caronteo y sus asistentes trabajaban sin descanso bajo la luz temblorosa de los faroles.

Con tiralíneas, pergaminos y compases, iban completando los trazos de una cartografía viva. Cada jornada de viaje añadía una nueva línea a los mapas: la extensión árida del desierto, la mole amenazante del volcán, la zona de las bestias aladas y, ahora, la muralla verde de la selva austral.

​El esfuerzo comenzaba a rendir frutos.

Aquellos primeros mapas dejaban al descubierto el perfil de un territorio colosal, cargado de misterio, belleza e incansable incertidumbre.

​A medida que se acercaban al extremo sur, la selva se volvía más densa y claustrofóbica, hasta que, finalmente, el oleaje comenzó a calmarse y el horizonte devolvió una imagen familiar: el perfil inconfundible de los acantilados y el cerro más alto de la isla de Gadir recortándose contra el atardecer.

​La misión había llegado a su momento culminante. Habían circunnavegado el continente, esquivado el aliento de los dragones y cartografiado lo desconocido.

Mas el verdadero tesoro no cabía en las bodegas: traían consigo información invaluable, mapas que ya no eran meras suposiciones y la certeza absoluta de que, más allá de la orilla, el mundo aguardaba el momento de ser conquistado.

Ese informe, redactado con sal y ceniza, sería la chispa indiscutible que encendería el fuego de la próxima travesía.




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