El tiempo transcurrió con la inexactitud de las mareas, y con él se acrecentó el poderío indiscutible del reino. En los muelles de Gadir, donde antaño apenas se mecía una solitaria embarcación construida con los secretos de la gruta del abismo, se alineaban ahora al menos una decena de naves imponentes, con los cascos listos para desafiar nuevamente al horizonte.
El rey Prometeo convocó a una cumbre decisiva en el Gran Salón de Convenciones. Alrededor de la mesa noble aguardaban el príncipe Caronteo, sus fieles asistentes de navegación, el gran maestre, el círculo de asesores reales y un estratega jefe, cuyas marcas en el rostro revelaban años de estudio militar.
El estratega se puso de pie, haciendo sonar sus notas sobre el pergamino, y declaró:
—Su majestad, debo anunciarle que vuestro pedido ha concluido. Está listo a su total disposición.
El rey asintió con solemnidad.
—El momento es oportuno. Trasladémonos a la sala continua; allí comprenderemos el verdadero alcance de nuestro próximo paso.
Los miembros de la asamblea se desplazaron en silencio hasta la cámara contigua. Al cruzar el umbral, los ojos de los veteranos se abrieron de par en par: en el centro de la sala reposaba una maqueta colosal, esculpida con una precisión quirúrgica en madera noble y piedra, replicando cada accidente geográfico, cada cabo, el desierto, la zona volcánica y el laberinto de la selva austral.
El príncipe Caronteo se inclinó sobre ella, recorriendo con los dedos las curvas talladas.
—Esto... esto me resulta asombrosamente familiar —murmuró.
—Así es, hermano —respondió Prometeo con una sonrisa contenida—. Lo conoces bien. Sobre la base de tus mapas y reportes de navegación, hemos dado vida a esta representación. Ella será nuestra brújula estratégica para una misión que tendrá un fin totalmente diferente a las que la preceden. Ya no navegaremos solo para mirar la costa; esta vez, marcharemos hacia el interior.
El rey recorrió con la mirada a sus hombres antes de sentenciar:
—He resuelto organizar un contingente de voluntarios dispuestos a hollar el territorio desconocido que descubrimos. Las naves mantendrán su tripulación marinera estable, pero a ellas se les sumará un cuerpo selecto de exploradores terrestres.
Un murmullo de aprobación recorrió la sala. Todos comprendían la magnitud del plan, en especial Caronteo, al saber que los marinos no serían expuestos a ciegas a los peligros de la tierra salvaje, sino respaldados por una fuerza táctica premeditada.
Pasaron dos meses bajo un cielo de invierno implacable. Cuando el clima cedió y las aguas del norte recuperaron su mansedumbre mansa y paciente, la flota entera cobró vida. Los tripulantes regresaron a sus cubiertas, seguidos de cerca por los exploradores cargados con vituallas, armas y herramientas de excavación.
Con el primer soplo de la brisa favorable, las velas se desplegaron y las naves enfilaron la proa hacia el norte. La primera misión oficial de penetración continental había comenzado: era hora de arrancar los velos y descifrar los misterios que yacían, agazapados y silenciosos, tierra adentro.