Gadir "Reino de los Mares"

6. Aristeo y Kullum

Tras cruzar las aguas del estrecho, la proa de los botes exploratorios rozó la arena de una costa virgen. Ante los ojos de los hombres se alzó un inmenso muro de vegetación tan densa e impenetrable que parecía diseñada para ocultar los secretos más antiguos del continente. Con la cautela de quien camina sobre terreno sagrado, los exploradores bajó la autoridad de El capitán Aristeo comenzaron a abrirse paso entre matorrales y lianas con la ayuda de sus machetes, hasta que, de repente, la maleza dio paso a lo indiscutible: un sendero serpenteante y perfectamente trazado. El misterio quedaba develado; allí latía una civilización.

Apenas recorrieron unos metros por aquel camino cubierto de sombras, el aire pareció volverse más pesado. Desde ambas márgenes del sendero, ocultos entre los helechos gigantes y los troncos milenarios, un grupo de nativos los observaba en riguroso silencio. No había hostilidad en sus posturas, pero tampoco una bienvenida cálida; era un tenso y prolongado duelo de miradas, un ejercicio instintivo de medición mutua donde ambos bandos sopesaban las intenciones del otro.

Dando un paso al frente para romper la parálisis Aristeo realizó un gesto calculado: se quitó el cinto con las armas cortas y las dejó caer al suelo junto con cualquier objeto que pudiera interpretarse como una amenaza.

Del grupo de los nativos se desprendió una figura que caminó con paso firme al encuentro del expedicionario. El silencio en la espesura era absoluto; ni el canto de los pájaros se atrevía a perturbar el momento. Cuando quedaron a escasos pasos, el indígena lo miró fijamente a los ojos y pronunció las palabras que disiparon la incertidumbre:

—Bienvenidos al reino de las catacumbas.

Aristeo y su grupo de exploradores quedaron boquiabierto. Con la voz aún titubeante por la sorpresa, atinó a responder:

—Gracias por su bienvenida…

El asombro fue mayor al comprobar que ambos hablaban el mismo idioma, un puente inesperado que encarriló el encuentro hacia el cauce que los hombres del mar tanto esperaban.

—Llegamos hasta aquí en naves; hemos cruzado las aguas con el único propósito de explorar el continente —explicó el emisario de Gadir—. Soy Aristeo enviado del rey Prometeo, soberano del reino de los mares.

El nativo asintió con una seriedad solemne antes de identificarse:

—Soy el centinela del reino de las catacumbas. Os invito a conocer nuestra fortaleza.

Aceptando el ofrecimiento, la comitiva se adentró en el territorio hasta alcanzar un colosal pórtico natural excavado en la roca viva y cubierto de raíces ancestrales: la puerta de entrada al submundo, el dominio subterráneo donde habitaba aquel pueblo.

Al atravesar los túneles y emerger en la vasta Plaza Central iluminada por antorchas y cristales bioluminiscentes, una figura imponente aguardaba en lo alto de una escalinata de piedra.

—Bienvenidos al reino de Tiemkush, territorio de las catacumbas. Soy el rey Kullum —anunció el soberano con voz profunda.

El Capitán Aristeo inclinó la cabeza con respeto:

—Su majestad, es un honor conocerlo. Le agradecemos profundamente su hospitalidad.

El rey Kullum estudió a sus invitados y gesticuló con largueza:

—Mis asistentes les indicarán dónde alojarse y descansar después de la ardua travesía.

—Agradecemos el gesto, su majestad, pero nuestra misión debe continuar. Debemos retornar para informar a los nuestros —replicó el explorador con cautela.

El semblante del monarca se ensombreció levemente, dictando una sentencia inapelable:

—Pueden marcharse cuando ustedes lo decidan, con una sola salvedad: no todos podrán regresar.

El líder frunció el ceño, sintiendo un vuelco en el pecho:

—¿A qué se refiere con que no todos podrán regresar?

—Me refiero a que, para forjar las bases del respeto y la confianza mutua entre ambos reinos, deberán permanecer aquí como nuestros invitados su asesor principal y dos de vuestros agregados.

—¿Usted se refiere a que queden como una garantía de prosperidad y paz entre ambas naciones? —consultó el expedicionario, buscando medir el peso de la exigencia.

El rey Kullum sacudió la cabeza con una sonrisa enigmática:

—No. No son tomados como rehenes ni garantías forzadas; son considerados los primeros representantes de una civilización hasta hoy desconocida, con la cual deseamos entrelazar nuestro destino.

Las condiciones ya han sido establecidas.

Pueden marcharos cuando lo deseen.




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