Haru apenas había dormido aquella noche, porque cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar los golpes.
Tres golpes secos y lentos, como nudillos golpeando metal desde el interior de un casillero.
La lluvia de la madrugada finalmente había cesado, pero el cielo seguía cubierto por densas nubes grises cuando salió rumbo a la preparatoria Kenja. Caminó con la mirada baja, sintiendo que cualquier sombra a su alrededor podía comenzar a seguirlo en cualquier momento.
Parte de él todavía intentaba convencerse de que todo había sido una coincidencia.
Masaru quizá había escapado, quizá estaba ocultándose o quizá la leyenda no era real, pero el miedo volvía una y otra vez como una mano helada cerrándose sobre su garganta.
Al cruzar el portón de la escuela, sintió inmediatamente algo extraño.
Los estudiantes susurraban más de lo normal.
El ambiente se sentía pesado, silencioso, como si el edificio entero estuviera esperando algo.
Haru levantó lentamente la vista hacia las ventanas del segundo piso y por un instante creyó ver una figura inmóvil observándolo desde el fondo del pasillo.
Una silueta femenina de cabello negro y mascarilla blanca.
Desvió la mirada rápidamente.
“No la mires”, pensó.
Entró al aula intentando ignorar el temblor de sus manos. Jun ya estaba allí sentado cerca de la ventana.
Sus ojos estaban hundidos por el cansancio y las profundas ojeras bajo ellos revelaban que tampoco había dormido. Cuando sus miradas se cruzaron, ninguno de los dos necesitó decir nada porque había algo peor. El asiento de Katsuro estaba vacío.
Haru sintió un vacío en el estómago.
No, no podía ser.
Jun tragó saliva lentamente mientras observaba el pupitre vacío. Cuarenta y cuatro días atrás, ambos se habrían reído de aquella situación, pero ahora apenas podían respirar; entonces la puerta del aula se abrió abruptamente. El golpe hizo que varios estudiantes se sobresaltaran.
La directora Miroki permanecía en la entrada con el rostro completamente pálido. Sus ojos recorrieron el aula rápidamente hasta detenerse en Haru y Jun.
Pero no encontró al cuarto estudiante.
—¿Dónde está el joven Sadako? —preguntó con dificultad.
El silencio invadió el salón.
Haru sintió cómo el corazón comenzaba a golpearle violentamente el pecho.
Jun bajó lentamente la mirada.
Incluso Miroki parecía conocer la respuesta antes de escucharla.
—Haru… Jun… acompáñenme a la oficina.
Los murmullos comenzaron apenas salieron del aula.
Las miradas curiosas de los demás estudiantes los siguieron por todo el pasillo.
Algunos parecían confundidos.
Otros…parecían asustados.
Mientras caminaban hacia la oficina, Haru creyó escuchar pasos detrás de ellos.
Al entrar a la oficina, ambos se detuvieron de golpe. Sentados frente al escritorio estaban los padres de Katsuro.
La madre sostenía un pañuelo entre las manos temblorosas mientras el padre permanecía inmóvil, aunque sus ojos revelaban un miedo creciente.
Miroki cerró lentamente la puerta detrás de ellos.
—Katsuro no regresó a casa ayer por la noche —dijo intentando mantener la compostura—. Sus padres pensaron que quizá estaba con alguno de ustedes.
La madre de Katsuro se levantó inmediatamente.
—¿Saben dónde está mi hijo?
Su voz estaba quebrada.
Desesperada.
Jun negó lentamente con la cabeza y Haru imitó su acción.
La directora cerró los ojos un momento, como intentando procesar algo que se negaba a aceptar.
—¿Qué está pasando? —preguntó el padre de Katsuro con la voz endurecida—. ¿Por qué desaparecen estudiantes en esta escuela?
Entonces Haru habló.
Casi en un susurro.
—Es ella…
La madre de Katsuro frunció el ceño.
—¿Ella? ¿Quién?
Haru abrió lentamente la boca.
—Ga…
Pero antes de que pudiera terminar, Miroki golpeó suavemente el escritorio.
Una advertencia silenciosa.
No lo digas, no nombres aquello dentro de esta oficina, porque incluso la directora tenía miedo de pronunciar ese nombre.
“¿Quién podría creer en una leyenda urbana?”, intentó repetirse mentalmente.
Pero el problema era que ella misma había comenzado a escuchar rumores extraños dentro de la preparatoria.
Golpes provenientes de cubículos vacíos, sombras en el segundo piso y estudiantes asegurando haber visto a una joven usando mascarilla caminando por los pasillos después del anochecer.
Luego de varios minutos, los padres de Katsuro finalmente abandonaron la oficina entre lágrimas y desesperación.
Cuando la puerta se cerró, el silencio se volvió insoportable.
Miroki permaneció inmóvil junto a la ventana.
La lluvia había comenzado nuevamente.
—No tiene sentido… —murmuró—. ¿Por qué ustedes?
Jun soltó una risa nerviosa.
Una risa rota por el miedo y después se dejó caer lentamente sobre una de las sillas.
—Porque nosotros la trajimos aquí…
Haru mantuvo la cabeza gacha.
Sus dedos temblaban.
—Creímos que solo era una leyenda urbana…
Y entonces, como si una herida volviera a abrirse dentro de sus cabezas, ambos recordaron aquella tarde.
La puerta abierta del segundo piso, el viejo cubículo oxidado y los tres golpes que resonaron desde la oscuridad.