La lluvia golpeaba suavemente el techo del viejo refugio para bicicletas detrás de la preparatoria 賢者 Kenja.
Las actividades extracurriculares ya habían terminado y la mayoría de los estudiantes habían regresado a casa. Solo quedaban algunos alumnos dispersos por los pasillos y cuatro amigos refugiándose de la lluvia mientras compartían bebidas de una máquina expendedora cercana.
Jun observó a los demás con una sonrisa traviesa.
Las nubes oscuras habían cubierto el cielo y el ambiente era perfecto para contar historias de terror.
—¿Alguna vez escucharon hablar de Gakusei? —preguntó de repente, bajando la voz.
Masaru soltó una carcajada.
—Ya empezamos...
—No, en serio —continuó Jun—. Dicen que es una de las leyendas más antiguas de esta zona.
Aquello llamó la atención de Haru.
—¿Gakusei? Nunca escuché ese nombre.
Katsuro también levantó una ceja con curiosidad.
—Yo tampoco.
Jun sonrió satisfecho.
Había conseguido captar su atención.
Se acomodó contra una columna mientras la lluvia seguía cayendo al otro lado del refugio.
—Entonces escuchen bien.
Los tres guardaron silencio.
Incluso el sonido de la lluvia parecía haberse vuelto más lejano.
—Hace muchos años, antes de que nosotros naciéramos, existía una estudiante llamada Madoka Izumi.
El nombre resonó extrañamente en el aire.
—Era una alumna brillante. Siempre obtenía las mejores calificaciones. Pero sus compañeros la odiaban por eso.
—¿Solo por sacar buenas notas? —preguntó Haru.
Jun asintió.
—Al principio eran burlas. Después comenzaron los golpes.
Haru frunció el ceño.
—Los estudiantes escribían insultos en su cubículo, le escondían sus cosas y la golpeaban constantemente. Dicen que las heridas en su rostro eran tan frecuentes que comenzó a usar una mascarilla para ocultarlas.
El sonido de un trueno lejano hizo que Katsuro levantara la vista.
—Qué cruel...
—Eso no es lo peor —continuó Jun.
Su voz se volvió más baja.
Más seria.
—Una tarde, cuando salía de la preparatoria, un grupo de estudiantes la interceptó cerca de la entrada.
Masaru dejó de sonreír.
—La golpearon hasta dejarla inconsciente.
El ambiente se volvió incómodo.
La lluvia parecía sonar más fuerte.
—¿Y nadie hizo nada? —preguntó Katsuro.
Jun negó lentamente.
—Según la historia, varios estudiantes presenciaron todo... pero nadie intervino.
Un silencio incómodo cayó sobre el grupo.
—Cuando pensaron que estaba muerta decidieron ocultarla dentro de un viejo depósito escolar.
Haru sintió un escalofrío.
—¿Y después?
Jun tragó saliva antes de responder.
—La mantuvieron allí durante cuarenta y dos días.
Nadie dijo nada.
—Sin comida.
—Sin agua.
—Sin ayuda.
Las palabras parecían cada vez más pesadas.
—Los médicos concluyeron años después que Madoka sobrevivió cuarenta y dos días antes de morir. Sin embargo, su cuerpo no fue encontrado hasta el día cuarenta y cuatro.
Katsuro bajó lentamente la mirada.
—Cuarenta y cuatro días...
—Por eso ese número aparece constantemente en la leyenda —explicó Jun—. Dicen que cuando murió juró vengarse de todos los que participaron... y también de quienes observaron sin hacer nada.
Una ráfaga de viento atravesó el refugio.
Haru sintió un extraño malestar.
—¿Y qué pasó después?
Jun miró hacia el edificio principal de la escuela.
Las ventanas reflejaban el cielo gris.
—Los responsables comenzaron a desaparecer.
—Uno por uno.
—Algunos murieron.
—Otros jamás fueron encontrados.
La sonrisa había desaparecido completamente de su rostro.
—Y entonces comenzaron a verla.
—¿Ver a quién? —preguntó Masaru.
—A Gakusei.
La lluvia continuó cayendo.
—Una estudiante usando mascarilla. Uniforme escolar viejo. Cabello negro cubriéndole parte del rostro.
Jun hizo una pequeña pausa.
—Y unos ojos magenta.
Haru sintió un nuevo escalofrío.
—Con el tiempo dejaron de llamarla Madoka Izumi. Comenzaron a llamarla Gakusei.
—"La Estudiante".
—Porque ya nadie recordaba su verdadero nombre.
El silencio se prolongó unos segundos.
Y entonces Masaru comenzó a reír.
—¡Eso es todo!
Katsuro también soltó una carcajada.
—Tengo que admitir que estuvo buena.
—Parece una película de terror.
Jun sonrió.
—Muchos dicen que ocurrió de verdad.
—Claro —respondió Masaru burlonamente—. Y yo soy el emperador de Japón.
Los cuatro rieron.
O al menos tres de ellos.
Haru seguía observando el edificio principal.
No sabía por qué.
Pero aquella historia le había dejado una sensación desagradable.
Como si algo invisible estuviera escuchándolos.
—Aunque hay algo más —añadió Jun.
Los demás volvieron a mirarlo.
—Existe un ritual para invocarla.
Los ojos de Katsuro brillaron de inmediato.
—¿En serio?
—Eso dicen.
Masaru sonrió.
—Entonces tenemos que hacerlo.
—¡Definitivamente! —respondió Katsuro entre risas.
Haru se incorporó de golpe.
—No creo que sea buena idea.
Los tres lo miraron.
—Vamos, Haru —dijo Masaru—. Es solo una historia.
—Nadie desaparece por jugar a un ritual.
Jun soltó una risa divertida.
—¿No me digas que crees en fantasmas?
—No es eso...
—Entonces deja de preocuparte.
Katsuro le dio una palmada en el hombro.
—Nada va a pasar.
Haru intentó convencerse de ello.
De verdad lo intentó.
Pero mientras observaba las ventanas oscuras del segundo piso, tuvo la extraña sensación de que alguien estaba observándolos desde allí.
Una figura inmóvil.
Oculta entre las sombras.
Y por primera vez deseó no haber escuchado jamás el nombre de Gakusei.